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Ora todos los días muchas veces: "Jesús, María, os amo, salvad las almas".

El Corazón de Jesús se encuentra hoy Locamente Enamorado de vosotros en el Sagrario. ¡Y quiero correspondencia! (Anda, Vayamos prontamente al Sagrario que nos está llamando el mismo Dios).

ESTEMOS SIEMPRE A FAVOR DE NUESTRO PAPA FRANCISCO, ÉL PERTENECE A LA IGLESIA DE CRISTO, LO GUÍA EL ESPÍRITU SANTO.

Oración por los cristianos perseguidos

Padre nuestro, Padre misericordioso y lleno de amor, mira a tus hijos e hijas que a causa de la fe en tu Santo Nombre sufren persecución y discriminación en Irak, Siria, Kenia, Nigeria y tantos lugares del mundo.

Que tu Santo Espíritu les colme con su fuerza en los momentos más difíciles de perseverar en la fe.Que les haga capaces de perdonar a los que les oprimen.Que les llene de esperanza para que puedan vivir su fe con alegría y libertad. Que María, Auxiliadora y Reina de la Paz interceda por ellos y les guie por el camino de santidad.

Padre Celestial, que el ejemplo de nuestros hermanos perseguidos aumente nuestro compromiso cristiano, que nos haga más fervorosos y agradecidos por el don de la fe. Abre, Señor, nuestros corazones para que con generosidad sepamos llevarles el apoyo y mostrarles nuestra solidaridad. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

viernes, 17 de febrero de 2017

Jesús crucificado-ANA CATALINA EMMERICK

Crucificado-En-La-Cruz-1


Jesús desnudo y clavado en la cruz 

Cuatro alguaciles fueron a sacar a Jesús del sitio en donde le habían encerrado. Le dieron golpes y lo llenaron de ultrajes en estos últimos pasos que le quedaban por andar, y lo arrastraron sobre la eminencia. Cuando las santas mujeres lo vieron, dieron dinero a un hombre para obtener de los alguaciles el permiso de dar de beber a Jesús el vino aromatizado de Verónica. Mas los miserables no se lo dieron, y se lo bebieron. Tenían ellos dos vasos, uno con vinagre y hiel, el otro con una bebida que parecía vino, mezclado con mirra y con ajenjo; presentaron esta última bebida al Señor: Jesús, habiendo mojado sus labios, no bebió.
Había diez y ocho alguaciles sobre la altura: los seis que habían azotado a Jesús. los cuatro que lo habían conducido. dos que habían tenido las cuerdas atadas a la cruz, y seis que debían crucificarlo. Estaban ocupados con el Salvador o con los dos ladrones; eran hombres pequeños y robustos, tenían cara de extranjeros, y los cabellos erizados; parecían animales feroces; servían a los romanos y a los judíos por el dinero.

El aspecto de todo esto era tanto más espantoso para mf, cuanto que veía figuras horrorosas de demonios que parecían ayudar a estos hombres crueles, y una infinidad de horribles visiones bajo la forma de sapos, de serpientes, de dragones, de insectos venenosos de toda especie que oscurecían el cielo. Entraban en la boca y en el corazón de los circunstantes. y se ponían sobre sus hombros, y éstos se sentían el alma llena de pensamientos abominables, o proferían horribles imprecaciones. Veía con frecuencia sobre Jesús figuras de ángeles llorando, o rayos donde no distinguía más que cabecitas. También veía ángeles compasivos y consoladores sobre la Virgen y sobre todos los amigos de Jesús.
Los alguaciles quitaron a Nuestro Señor su capa, el cinturón con el cual le habían arrastrado, y su propio cinturón. Le quitaron después su vestido exterior de lana blanca, y como no podían sacarle la túnica inconstruible que su Madre le había hecho, a causa de la corona de espinas, arrancaron con violencia esta corona de la cabeza, abriendo todas sus heridas. No le quedaba más que su escapulario corto de lana, y un lienzo alrededor de los rincones. El escapulario se había pegado a sus llagas, y sufrió dolores indecibles cuando se lo arrancaron del pecho. El Hijo del hombre estaba temblando, cubierto de llagas, echando sangre, o cerradas. Sus hombros y sus espaldas estaban despedazados hasta los huesos. Le hicieron sentar sobre una piedra, le pusieron la corona sobre la cabeza, y le presentaron un vaso con hiel y vinagre; mas Jesús volvió la cabeza sin decir palabra.
En seguida lo extendieron sobre la cruz, y habiendo estirado su brazo derecho sobre el aspa derecha de la cruz, lo ataron fuertemente; uno de ellos puso la rodilla sobre su pecho sagrado, otro le abrió la mano, clavó con un martillo dela carnean clavo grueso y largo, y lo y el tercero apoyó sobre la carne un clavo grueso y largo, y lo clavó con un martillo de hierro. Un gemido dulce y claro salió del pecho de Jesús: su sangre saltó sobre los brazos de sus verdugos. He contado los martillazos, pero se me han olvidado. Los clavos eran muy largos, la cabeza chata y del diámetro de un duro: tenían tres esquinas; eran del grueso de un dedo pulgar a la cabeza; la punta salía detrás de la cruz. Después de haber clavado la mano derecha del Salvador, los verdugos vieron que la mano izquierda no llegaba al agujero que habían abierto: entonces ataron una cuerda a su brazo izquierdo, y tiraron de él con toda su fuerza, hasta que la mano llegó al agujero. Esta dislocación violenta de sus brazos lo atormentó horriblemente: su pecho se levantaba y sus rodillas se separaban: Se arrodillaron de nuevo sobre su cuerpo, le ataron el brazo, y hundieron el segundo clavo en la mano izquierda: se oían los quejidos del Señor en medio de los martillazos. Los brazos de Jesús estaban extendidos horizontalmente, de modo que no cubrían los brazos de la cruz, que se elevaban oblicuamente. La Virgen Santísima sentía todos los dolores de su Hijo: estaba pálida como un cadáver, y hondos gemidos se exhalaban de su pecho. Los fariseos la llenaban de insultos y de burlas. Magdalena estaba como loca: se despedazaba la cara; sus ojos y sus carrillos vertían sangre.
Habían clavado a la cruz un pedazo de madera para sostener los pies de Jesús, a fin de que todo el peso del cuerpo no pendiera de las manos, y para que los huesos de los pies no se rompieran cuando los clavaran. habían hecho ya un agujero para el clavo que debía de clavar los pies, y una excavación para los talones. Todo el cuerpo de Jesús se había subido a lo alto de la cruz por la violenta tensión de los brazos, y sus rodillas se habían separado. Los verdugos las extendieron y las ataron con cuerdas, pero los pies no llegaban al pedazo de madera puesto para sostenerlos. Entonces, llenos de furia, los unos querían hacer nuevos agujeros para los clavos de las manos, pues era difícil poner el pedazo de madera más arriba; otros vomitaban imprecaciones contra Jesús: "No quiere estirarse, decían; pero vamos a ayudarle". Entonces ataron cuerdas a su pierna derecha, y lo tendieron violentamente, hasta que el pie llego al pedazo de madera. Rué una dislocación tan horrible, que se oyó crujir el pecho de Jesús, que exclamo diciendo: "¡Oh Dios mio! ¡Oh Dios mio!" Habían atado su pecho y sus brazos para no arrancar las manos de los clavos. Fue un horrible padecimiento. Ataron después el pie izquierdo sobre el derecho, y lo horadaron primero con una especie de taladro, porque no estaban bien puestos para poderse clavar juntos. Tomaron un clavo más largo que los de las manos, y lo clavaron, atravesando los pies y el pedazo de madera hasta el árbol de la cruz. Esta operación fue mas dolorosa que todo lo demás, a causa de la dislocación del cuerpo. Conté hasta treinta martillazos.
Los gemidos que los dolores arrancaban a Jesús se mezclaban a una continua oración, llena de pasajes de los salmos y de los profetas, cuyas predicciones estaba cumpliendo; no había cesado de orar así en el camino de la cruz, y lo hizo hasta su muerte. He oído y repetido con Él todos estos pasajes, y los recuerdo algunas veces rezando los salmos; pero estoy tan abatida de dolor, que no puedo coordinarlos.

El jefe de la tropa romana había hecho clavar encima de la cruz la inscripción de Pilatos. Como los romanos se burlaban del titulo de Rey de los judíos, algunos fariseos volvieron a la ciudad para pedir a Pilatos otra inscripción. Eran las doce y cuarto cuando Jesús fue crucificado, y en el mismo momento en que elevaban la cruz, el templo resonaba con el ruido de las trompetas que celebraban la inmolación del cordero pascual.

Exaltación de la cruz

Los verdugos, habiendo crucificado a nuestro Señor, ataron cuerdas a la parte superior de la cruz, pasándolas alrededor de un madero transversal fijado del lado opuesto, y con ellas alzaron la cruz, mientras otros la sostenían y otros empujaban el pie hasta el hoyo, en donde se hundió con todo su peso y con un estremecimiento espantoso; Jesús dio un grito doloroso, sus heridas se abrieron, su sangre corrió abundantemente, y sus huesos dislocados chocaban unos con otros. Los verdugos, para asegurar la cruz, la alzaron todavía, y clavaron cinco cunas alrededor.
Fue un espectáculo horrible y doloroso el ver, en medio de los grttos insultantes de los verdugos, de los fariseos, del pueblo que miraba desde lejos, la cruz vacilar un instante sobre su base y hundirse temblando en la tierra; mas también se elevaron hacia ella voces piadosas y compasivas. Las voces más santas del mundo: la voz de María, de Juan, de las santas mujeres y de todos los que tenían el corazón puro, saludaron con un acento doloroso al Verbo humanado elevado sobre la cruz. Sus manos vacilantes se elevaron para socorrerlo; pero cuando la cruz se hundió en el hoyo de la roca con grande ruido, hubo un momento de silencio solemne: todo el mundo parecía penetrado de una sensación nueva y desconocida hasta entonces. El Infierno mismo se estremeció de terror al sentir el golpe de la cruz que se hundió, y redobló sus esfuerzos contra ella. Las almas encerradas en el Limbo lo oyeron con una alegría llena de esperanza: para ellas era el ruido del Triunfador que se acercaba a las puertas de la Redención. La sagrada cruz se elevaba por la primera vez en medio de la Tierra, como otro árbol de vida en el Paraíso, y de las llagas de Jesús corrían sobre la tierra cuatro arroyos sagrados para fertilizarla y hacer de ella el nuevo Paraíso del nuevo Adán. El sitio donde estaba clavada la cruz era más elevado que el terreno circunvecino. Los pies de Jesús estaban bastante bajos para que sus amigos pudieran besalos. La cara del Señor estaba vuelta hacia el Noroeste.

Crucifixión de los ladrones 

Mientras crucificaban a Jesús, los ladrones estaban tendidos de espaldas a poca distancia de los guardas que los vigilaban. Los acusaban de haber asesinado a una mujer con sus hijos, que iban desde Jerusalén a Joppé; los habían, prendido en un palacio donde Pilatos habitaba algunas veces cuando hacia maniobrar sus tropas, y pasaban por dos ricos mercaderes. Habían estado mucho tiempo en la cárcel antes de su condenación. El ladrón de la izquierda tenía más edad: era un gran criminal, el maestro y el corruptor del otro. Los llaman ordinariamente Dimas y Gestas; he olvidado sus verdaderos nombres: los llamaré, pues, el buen Dimas, y Gestas, el malo. Los dos hacían parte de la compañía de ladrones establecidos en la frontera de Egipto que habían hospedado una noche a la Sagrada Familia en la huida a Egipto con el Niño Jesús. Dimas era aquel niño leproso que su madre, por el consejo de María, lavo en el agua donde se había baño el Niño Jesús, y que se curó al instante. Los cuidados de su madre para con la Familia fueron recompensados con esa purificación, símbolo de la que la sangre del Salvador iba a cumplir por él en la cruz. Dimas no conocía a Jesús; mas como su corazón no era malo, se conmovió al ver tanta paciencia. Habiendo plantado la cruz de Jesús, los verdugos vinieron a decirles que se preparasen, y los desataron de las piezas transversales, pues el sol se oscurecía ya, y en toda la naturaleza había un movimiento como cuando se acerca una tormenta. Arrimaron escaleras a las dos cruces ya plantadas, y clavaron las piezas transversales. Habiéndoles dado de beber vinagre con mirra, les pasaron cuerdas debajo de los brazos, y los levantaron en el aire, ayudándose de escalones en donde ponían los pies. Les ataron los brazos a los de la cruz con cuerdas de corteza de arboles; les ataron los puños, los codos, las rodillas y los pies, y apretaron tan fuerte las cuerdas, que se dislocaron las coyunturas, y brotó la sangre. Dieron gritos terribles, y el buen ladrón dijo cuando lo subían: "Si nos hubieseis tratado como al pobre Galileo, no tendríais ahora el trabajo de levantarnos así en el aire".

Mientras tanto los ejecutores habían hecho pedazos los vestidos de Jesús para repartírselos. Partieron en trozos su capa y su vestidura blanca; lo mismo hicieron con el lienzo que llevaba alrededor del cuello, el cinturón y el escapulario. No pudiendo saber a quién le tocaría su túnica inconsútil, como no podía servir en retazos, trajeron una mesa con números, sacaron unos dados que tenían la figura de habas, y la sortearon. Pero un criado de Nicodemo y de José de Arimatea vino a decirles que hallarían compradores de los vestidos de Jesús; entonces los juntaron todos, y los vendieron, y así conservaron entonces los cristianos estos preciosos despojos.

Jesús crucificado y los dos ladrones

El golpe terrible de la cruz que se hundía en la tierra agitó violentamente la cabeza de Jesús, coronada de espinas, e hizo saltar una gran abundancia de sangre, así como de sus pies y manos. Los verdugos aplicaron escaleras a la cruz, y cortaron las cuerdas con que habían atado al Salvador. La sangre, cuya circulación había sido interceptada por la posición horizontal y la compresión de los cordeles, corrió con ímpetu de las heridas, y fue tal el padecimiento, que inclino la cabeza sobre el pecho y se quedo como muerto siete minutos. Entonces hubo un rato de silencio: los verdugos estaban ocupados en distribuirse los vestidos de Jesús, el sonido de las trompetas del templo se perdía en el aire, y todos los circunstantes estaban desalentados de rabia o de dolor. Yo miraba a Jesús llena de confusión y de espanto; lo veía sin movimiento, casi sin vida, y hasta yo misma pensé morirme. Mi corazón estaba lleno de amargura, de amor y de dolor; mi cabeza estaba como perdida, mis pies y mis manos estaban abrasando; mis venas, mis nervios, todos los miembros estaban penetrados de dolores indecibles; me hallaba en una oscuridad profunda, donde no veía más que a mi Esposo clavado en la cruz. Su rostro, con la terrible corona y la sangre que llenaba sus ojos; su boca entreabierta, los cabellos y su barba caídos sobre el pecho; su cuerpo estaba todo desgarrado; los hombros, los codos, los puños tendidos hasta ser dislocados; la sangre de sus manos corría por los brazos; su pecho hinchado formaba por debajo una cavidad profunda. Sus piernas estaban dislocadas como los brazos; sus miembros, sus músculos, la piel sufrían tensión tan violenta, que se podían contar los huesos; su cuerpo estaba todo cubierto de heridas y llagas, de manchas negras, lívidas y amarillas; su sangre, de colorada, se volvió pálida y como agua, y su cuerpo sagrado cada vez mas blanco.

Jesús tenía el pecho ancho: no era velludo como el de Juan Bautista, que estaba cubierto de vello colorado. Sus hombros eran anchos; sus brazos robustos; sus muslos nerviosos; sus rodillas fuertes y endurecidas como las de un hombre que ha viajado mucho y que se ha arrodillado mucho para orar; sus piernas eran largas, y las pantorrillas nerviosas; sus pies eran de hermoso aspecto y reciamente formados; sus manos eran bellas y los dedos largos y aguzados, y sin ser delicadas, no se parecían a las de un hombre que las emplea en trabajos penosos. Su cuello no era corto, mas robusto y nervudo; su cabeza de hermosa proporción; la frente alta y ancha; su cara formaba un ovalo muy puro; sus cabellos, de un color de cobre oscuro, no eran muy espesos, estaban separados naturalmente en lo alto de la frente, y caían sobre sus hombros; su barba no era larga y acababa en punta. Ahora sus cabellos estaban arrancados y llenos de sangre; el cuerpo era todo una llaga; todos sus miembros estaban quebrantados.

Entre las cruces de los ladrones y la de Jesús había bastante espacio para que un hombre a caballo pudiese pasar; estaban puestas un poco mas abajo. Los ladrones sobre sus cruces presentaban un horrible espectáculo, sobre todo el de la izquierda, que tenía siempre en la boca las injurias y las imprecaciones. Las cuerdas con que estaban atados los hacían sufrir mucho: su cara era lívida; sus ojos enrojecidos se les saltaban de la cabeza.

Primera palabra de Jesús en la cruz

Habiendo crucificado a los dos ladrones, y habiéndose repartido los vestidos de Jesús, los verdugos lanzaron nuevas imprecaciones contra Él, y se retiraron. Los fariseos pasaron también a caballo delante de Jesús, llenáronle de ultrajes, y se fueron. Los cien soldados romanos fueron relevados por otros cincuenta. Estos los mandaba Abenadar, árabe de nacimiento, bautizado después con el nombre de Ctesifón; el segundo jefe se llamaba Casio, y recibió después el nombre de Longinos; llevaba con frecuencia los mensajes de Pilatos. Vinieron también doce fariseos, doce saduceos, doce escribas algunos ancianos, que habían pedido inútilmente a Pilatos que mudase la inscripción de la cruz, y cuya rabia se había aumentado por la negativa del gobernador. Dieron la vuelta al llano a caballo, y echaron a la Virgen, que Juan llevó con las otras mujeres. Cuando pasaron delante de Jesús, movieron desdeñosamente la cabeza, diciendo: "¡Y bien, embustero: destruye el templo y levántalo en tres días! ¡Ha salvado a otros, y no se puede salvar a Sí mismo! ¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz! Si es el Rey de Israel, que baje de la cruz, y creeremos en Él". Los soldados hacían befa también.
Cuando Jesús se desmayó, Gestas, el ladrón de la izquierda, dijo: "Su demonio lo ha abandonado". Entonces un soldado puso en la punta de un palo una esponja con vinagre, y la arrimó a los labios de Jesús, que pareció probarlo. El soldado le dijo: "Si eres el Rey de los judíos, salvate Tú mismo". Todo eso pasó mientras que la primera tropa dejaba el puesto a la de Abenadar. Jesús levantó un poco la cabeza, y dijo: "¡Padre mío, perdonadlos, pues no saben lo que hacen!" Gestas le gritó: "Si Tú eres Cristo, sálvate y sálvanos". Dimas, el buen ladrón, estaba conmovido de ver que Jesús pedía por sus enemigos. Cuando María oyó la voz de su Hijo, nada pudo contenerla: se precipitó hacia la cruz con Juan, Salomé y María Cleofás. El centurión no las rechazó. Dimas, el buen ladrón, obtuvo en este momento; por la oración de Jesús, una inspiración interior: reconoció que Jesús y su Madre le habían curado en su niñez, y dijo en voz distinta y fuerte: "¿Cómo podéis injuriarlo cuando pide por vosotros? Se ha callado: ha sufrido pacientemente todas vuestras afrentas; es un Profeta; es nuestro Rey, es el Hijo de Dios". Al oír esta reprensión de la boca de un miserable asesino sobre la cruz, se alzó un gran tumulto en medio de los circunstantes: tomaron piedras para tirárselas, mas el centurión Abenadar no lo permitió. Mientras tanto la Virgen Santísima se sintió fortificada con la oración de Jesús, y Dimas dijo a su compañero, que continuaba injuriando a Jesús: "¿No tienes temor de Dios, tú que estás condenado al mismo suplicio? Nosotros lo merecemos justamente; recibimos el castigo de nuestros crímenes; pero Éste no ha hecho ningún mal. Piensa en tu última hora, y conviértete". Estaba iluminado y tocado en el alma; confesó sus culpas a Jesús, diciendo: "Señor, si me condenas, será con justicia; pero ten misericordia de mi". Jesús le dijo: "Tu sentirás mi misericordia". Dimas recibió en un cuarto de hora la gracia de un profundo arrepentimiento.

Todo lo que acabo de contar sucedió entre las doce y las doce y media, pocos minutos después de la exaltación de la cruz; pero pronto hubo un gran cambio en el alma de los espectadores a causa de la mudanza producida en la naturaleza mientras hablaba el buen ladrón.

Eclipse del sol. Segunda y tercera palabras de Jesús

A las diez, cuando Pilatos pronunció la sentencia, cayó un poco de granizo; después el cielo se aclaró, hasta las doce, en que vino una niebla colorada que oscureció el sol. A la sexta hora, según el modo de contar de los judíos, que corresponde a las doce y media, hubo un eclipse milagroso del sol. Yo vi como sucedió, mas no lo tengo bien presente, y no encuentro palabras para expresarlo. Primero fui transportada como fuera de la tierra: veía las divisiones del cielo y el camino de los astros, que se cruzaban de un modo maravilloso; vi la luna a un lado de la tierra; huía con rapidez, como un globo de fuego. En seguida me hallé en Jerusalén, y vi otra vez la luna aparecer llena y pálida sobre el Huerto de los Olivos; vino del Oriente con gran rapidez, y se puso delante del sol, oscurecido con la niebla. Al lado occidental del sol vi un cuerpo oscuro que parecía una montaña y que lo cubrió enteramente. El disco de este cuerpo era de un amarillo oscuro, y estaba rodeado de un círculo de fuego, semejante a un anillo de hierro hecho brasa. El cielo se oscureció, y las estrellas aparecieron, despidiendo luz ensangrentada. Un terror general se apodero de los hombres y de los animales: los que injuriaban a Jesús bajaron la voz. Muchas personas se daban golpes de pecho, diciendo: "¡Que su sangre caiga sobre sus verdugos!" Muchos, de cerca y de lejos, se arrodillaron pidiendo perdón, y Jesús, en medio de sus dolores, volvió los ojos hacia ellos. Como las tinieblas se aumentaban y la cruz estaba abandonada de todos, excepto de María y de los mas caros amigos del Salvador, Dimas levantó la cabeza hacia Jesús, y con humilde esperanza, le dijo: "¡Señor, acuérdate de mi cuando estés en tu reino!" Jesús le respondió: "En verdad te lo digo; hoy estarás conmigo en el Paraíso".
La Madre de Jesús, Magdalena, María de Clerofobias y Juan, estaban cerca de la cruz del Salvador, mirándolo, María pedía interiormente que Jesús la dejara morir con Él. El Salvador la miró con ternura inefable, y volviendo los ojos hacia Juan, dijo a María: "Mujer, éste es tu hijo". Después dijo a Juan: "Esta es tu Madre". Juan beso respetuosamente el pie de la Cruz del Redentor moribundo, y a la Madre de Jesús, que era ya la suya.

La Virgen Santísima se sintió tan acabada de dolor al oír estas últimas disposiciones de su Hijo, que cayó sin conocimiento en los brazos de las santas mujeres, que la llevaron a cierta distancia.
No sé si Jesús pronunció expresamente todas estas palabras; pero yo sentí en mi interior que daba a María por madre a Juan, y a Juan por hijo a María. En visiones semejantes se perciben bien las cosas que no estén escritas, y hay muy pocas que se puedan expresar claramente con el lenguaje humano, a pesar de que, viéndolas, parece que se comprenden por sí solas.

Así, no parece extraño que Jesús, dirigiéndose a la Virgen, no la llame Madre mía, sino Mujer, porque aparece como la mujer por excelencia, que debe pisar la cabeza de la serpiente, sobre todo en este momento, en que se cumple esta promesa por la muerte de su Hijo. También se siente que, dándola por Madre a Juan, la da por Madre a todos los que creen en su nombre y se hacen hijos de Dios, que no han nacido de la carne ni de la sangre, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios. Se comprende también que la más pura, la más humilde, la más obediente de las mujeres, que habiendo dicho al ángel: "Ved aquf la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra", se hizo Madre del Verbo hecho hombre; oyendo a su Hijo que debe ser la Madre espiritual de otro hijo, ha repetido estas mismas palabras en su corazón con una humilde obediencia, y ha adoptado por hijos suyos todos los hijos de Dios, todos los hermanos de Jesucristo. Es más fácil de sentir todo esto por la gracia de Dios, me expresarlo con palabras, y entonces me acuerdo de lo que me ha dicho una vez mi Padre celestial: 'Todo está en los hijos de la Iglesia que creen, que esperan y que aman".

Estado de la ciudad y del templo. Cuarta palabra de Jesús 

Era poco más o menos la una y media; fui transportada a la ciudad para ver lo que pasaba. La hallé llena de agitación y de inquietud: las calles estaban oscurecidas por una niebla espesa; los hombres andaban a tientas: muchos estaban tendidos por el suelo con la cabeza descubierta, dándose golpes de pecho: otros se subían a los tejados, miraban al cielo y se lamentaban. Los animales aullaban y se escondían; las aves volaban bajo, y se caían. Yo vi que Pilatos fue a visitar a Herodes: estaban ambos muy agitados, y miraban al cielo desde la azotea misma donde por la mañana Herodes había visto a Jesús entregado a los ultrajes del pueblo. "Esto no es natural, se decían entre sí; seguramente se han excedido contra Jesús". Después los vi ir a palacio atravesando la plaza: andaban de prisa, e iban rodeados de soldados. Pilatos no volvió los ojos del lado de Gabbata, donde había condenado a Jesús. La plaza estaba sola: algunas personas entraban corriendo en sus casas, otras lo hacían llorando. Se veía formarse grupos. Pilatos mandó venir a su palacio a los judíos más ancianos, y les preguntó qué significaban aquellas tinieblas: les dijo que él las miraba como un signo espantoso; que su Dios estaba irritado contra ellos, porque habían perseguido de muerte al Galileo, que era ciertamente su Profeta y su Rey; que él se había lavado las manos; que era inocente de esa muerte, etc., etc.; mas ellos persistieron en su endurecimiento, atribuyendo todo lo que pasaba a causas que no tenían nada de sobrenatural, y no se convirtieron. Sin embargo, mucha gente se convirtió, y todos los soldados que en el prendimiento de Jesús en el Huerto de los Olivos habían caído al suelo y se habían levantado.

La multitud se reunía delante de la casa de Pilatos, y en el mismo sitio en que por la mañana habían gritado: "¡Que muera! ¡Que sea crucificado", ahora grhaba: "¡Muera el juez inicuo! ¡Que su sangre caiga sobre sus verdugos!" Pilatos tuvo que guardarse entre soldados; ese miserable sin alma echaba la culpa a los judíos, diciendo: "Que no tenía ninguna parte en ello; que Jesús era profeta de ellos, y no suyo; que ellos habían querido su muerte". El terror y la angustia llegaban a su colmo en el templo: se ocupaban en la inmolación del cordero pascual, cuando de pronto anocheció. La agitación y el terror les hacían dar gritos dolorosos. Los príncipes de los sacerdotes se esforzaron en mantener el orden y la tranquilidad: encendieron todas las lamparas; pero el desorden se ausentaba cada vez más. Vi a Anás, aterrorizado, correr de un rincón a otro para esconderse. Cuando me encaminé para salir de la ciudad, las rejas de las ventanas temblaban, y, sin embargo, no había tormenta. La lobreguez aumentaba.

Sobre el Gólgota, las tinieblas produjeron una terrible impresión. Al principio los grhos, las imprecaciones, la actividad de los hombres ocupados en levantar las cruces, los lamentos de los dos ladrones, los insultos de los fariseos a caballo, las idas y venidas de los soldados, la marcha tumultuosa de los verdugos, habían disminuido su efecto: después vinieron los reproches del buen ladrón a los fariseos y su rabia contra él. Pero conforme las tinieblas aumentaban, los circunstantes, estaban más pensativos y se alejaban más de la cruz. Entonces fue cuando Jesús recomendó su Madre a Juan, y María fue llevada desmayada a alguna distancia. Hubo un instante de silencio solemne: el pueblo se asustaba de la oscuridad: la mayor parte de él miraba al cielo. La conciencia se despertaba en algunos, que volvían los ojos hacia la cruz, llenos de arrepentimiento, y se daban golpes de pecho: los que tenían estos sentimientos se juntaban. Los fariseos, llenos de un terror secreto, querían explicárselo todo con razones naturales; pero hablaban cada vez más bajo, y acabaron por callarse. El disco del sol era de un amarillo oscuro, como las montañas miradas a la claridad de la luna: estaba rodeado de un círculo encarnado; las estrellas se veían, y daban una luz ensangrentada; las aves caían sobre el Calvario y en las viñas circunvecinas; los animales aullaban y temblaban; los cabellos y los asnos pertenecientes a los fariseos se apretaban los unos contra los otros, y metían la cabeza entre las piernas. La niebla lo cubría todo.

La tranquilidad reinaba alrededor de la cruz, de donde todo el mundo se había alejado. El Salvador estaba absorto en el sentimiento de su profundo abandono; volviéndose a su Padre celestial, le pedía con amor por sus enemigos. Oraba como en toda su Pasión, repitiendo pasajes de los Salmos que se cumplían en Él. Vi ángeles a su alrededor. Cuando la oscuridad se aumentó, y la inquietud, agitando las conciencias, extendió sobre el pueblo un profundo silencio, vi a Jesús solo y sin consuelo. Sufría todo lo que sufre un hombre afligido, lleno de angustias, abandonado de todo amparo divino y humano, cuando la fe, la esperanza y la caridad solas, privadas de toda luz y de toda asistencia sensible en el desierto de la tentación, viven aisladas en medio de un padecimiento infinito. Este dolor, no se puede expresar. Entonces fue cuando Jesús nos alcanzó la fuerza de resistir a los mayores terrores del abandono, cuando todas las afecciones que nos unen a este mundo y a esta vida se rompen, y que al mismo tiempo el sentimiento de la otra vida se oscurece y se apaga: nosotros no podemos salir victoriosos de esta prueba sino uniendo nuestro abandono a los méritos del suyo sobre la cruz. Jesús ofreció por nosotros su miseria, su pobreza, sus padecimientos y soledad; por eso el hombre, unido a Jesús en el seno de la Iglesia, no debe desesperar en la hora suprema, cuando todo se oscurece, cuando toda luz y toda consolación desaparecen. Ya no tenemos que bajar solos y sin protección en ese desierto de la noche interior. Jesús ha echado en ese abismo del desamparo su propio abandono interior y exterior sobre la cruz, y así no ha dejado a los cristianos solos y abandonados a la muerte, en el oscurecimiento de toda consolación. Ya no hay para los cristianos ni soledad, ni abandono, ni desesperación al acercarse la hora de la muerte; pues Jesús, que es la luz, el camino y la verdad, ha bajado por ese tenebroso camino, llenándolo de bendiciones, y ha plantado en el su cruz para desvanecer sus espantos.

Jesús desamparado, pobre y desnudo, se ofreció Él mismo, como hace el amor: convirtió su abandono en un rico tesoro, pues se ofreció Él y su vida, sus trabajos, su amor, sus padecimientos y el doloroso sentimiento de nuestra ingratitud. Hizo su testamento delante de Dios, y dio todos sus méritos a la
Iglesia y a los pecadores. No olvidó a nadie: habló de todos en su abandono; pidió también por los heréticos que dicen que, como Dios, no ha sentido los dolores de su Pasión, y que no sufrió lo que hubiera padecido un hombre en el mismo caso. En su dolor no mostró su desamparo con un gr~o. y permitió a todos los afligidos que reconocen a Dios por su Padre, un quejido filial y de confianza. A las tres, Jesús grito en alta voz: "¡ Eli, Eli, lamma sabacthani!" Lo que significa: uiDios mio! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?"

El grito de Nuestro Señor interrumpió el profundo silencio que reinaba alrededor de la cruz: los fariseos se volvieron hacia Él, y uno de ellos dijo: "Llama a Elías". Otro dijo: "Veremos si Elías viene a socorrerlo". Cuando María oyó la voz de su Hijo, nada pudo detenerla. Vino al pie de la cruz con Juan, María, hija de Cleofás, Magdalena y Salomé. Mientras el pueblo temblaba y gemía, un grupo de treinta hombres importantes de la Judea y de los contornos de Joppé pasaban por allí para ir a la fiesta, y cuando vieron a Jesús en la cruz y los signos amenazadores que presentaba la naturaleza, exclamaron llenos de horror: "¡Maldita ciudad! Si el templo de Dios no estuviera en ella, merecía que la quemasen por haber tomado sobre sí tal iniquidad". Estas palabras fueron como un punto de apoyo para el pueblo: hubo una explosión de murmullos y de gemidos, y todos los que tenían los mismos sentimientos se reunían. Todos los circunstantes se dividieron en dos partidos: los unos lloraban y murmuraban, los otros pronunciaban injurias e imprecaciones; sin embargo, los fariseos estaban menos arrogantes, y temiendo una insurrección popular, se entendieron con el centurión Abenadar. Dieron ordenes para cerrar la puerta más cerca de la ciudad y cortar toda comunicación. Al mismo tiempo enviaron un expreso a Pilatos y a Herodes, para pedir al primero quinientos hombres, y al segundo sus guardias, para evitar una insurrección. Mientras tanto, el centurión Abenadar mantenía el orden e impedía los insultos contra Jesús para no irritar al pueblo.

Poco después de las tres, la luz volvió un poco, la luna comenzó a alejarse del sol. El sol apareció despojado de sus rayos y envuelto en vapores rojizos. Poco a poco comenzó a brillar, y las estrellas desaparecieron: sin embargo, el cielo estaba oscuro todavía. Los enemigos de Jesús recobraron su arrogancia conforme la luz volvía. Entonces fue cuando dijeron "¡Llama a Alias!"

Quinta, sexta y séptima palabras. Muerte de Jesús 

Cuando volvió la claridad, el cuerpo de Jesús estaba lívido y más pálido que antes por la pérdida de la sangre. Dijo también, no sé si fue interiormente, o si su boca pronunció estas palabras: "Estoy exprimido como el racimo prensado por primera vez: debo dar toda mi sangre hasta que el agua venga; pero no se hará mas vino de ése en este sitio".
Yo tuve después una visión relativa a estas palabras, en la cual vi como Jafet hizo vino en este sitio. Lo contaré más tarde.

Jesús estaba desfallecido; la lengua seca, y dijo: ''Tengo sed". Y como sus amigos lo miraban tristemente, agregó: "¿No podríais darme una gota de agua?", dando a entender que durante las tinieblas no se lo hubieran impedido. Juan palabras, respondió:"¡Oh, Señor, lo hemos olvidado!" Jesús añadió otras cuyo sentido era éste: "Mis parientes también debían olvidarme, y no darme de beber, a fin de que lo que está escrito se cumpliese". Este olvido le había sido muy doloroso. Sus amigos entonces ofrecieron dinero a los soldados para darle un poco de agua, y no lo hicieron; pero uno de ellos mojo una esponja en vinagre, y la roció de hiel, la puso en la punta de su lanza, y la presentó a la boca del Señor. No me acuerdo cuales fueron las palabras que pronunció el Señor; sólo recuerdo que dijo: "Cuando mi voz no se oiga más, la boca de los muertos hablará". Entonces algunos gritaron: "Blasfema todavía". Mas Abenadar les ordenó estarse quietos. La hora del Señor habla llegado: luchó contra la muerte, y un sudor frió cubrió sus miembros. Juan estaba al pie de la cruz, y limpiaba los pies de Jesús con su sudario, Magdalena, partida de dolor, se apoyaba detrás de la cruz. La Virgen Santísima estaba de pie entre Jesús y el buen ladrón, sostenida por Salomé y María de Cleofás, y veía morir a su Hijo. Entonces Jesús dijo: ''Todo está consumado" Después alzo la cabeza, y gritó en alta voz: "Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu". Fue un grito dulce y fuerte, que penetró cielo y la tierra: en seguida inclinó la cabeza, y rindió el espíritu. Yo vi su alma en forma luminosa entrar en la tierra al pie de la cruz. Juan y las santas mujeres cayeron de cara sobre la tierra.
E1 centurión Abenadar tenía los ojos fijos sobre la faz ensangrentada de Jesús, y su emoción era profunda. Cuando el Señor murió, la tierra tembló, el peñasco se abrió entre la cruz de Jesús y la del mal ladrón. El último grito de Jesús hizo temblar a todos los que le oyeron, como la tierra que reconoció su Salvador. Sin embargo, el corazón de los que le amaban fue sólo atravesado por el dolor como con una espada. Entonces fue cuando la gracia iluminó a Abenadar. Su corazón, orgulloso y duro, se partió como el peñasco del Calvario; tiró su lanza, se dio golpes de pecho, y gritó con el acento de un hombre convertido; "¡Bendito sea el Dios Todopoderoso, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob! ¡Éste era un justo: es verdaderamente el Hijo de Dios!" Muchos soldados, pasmados al oír las palabras de su jefe, hicieron como él.

Abenadar, hecho un hombre nuevo, habiendo rendido el homenaje al Hijo de Dios, no quería estar más al servicio de sus enemigos. Dio su caballo y su lanza a Casio, el segundo oficial, llamado luego Longinos, que tomó el mando; después dijo algunas palabras a los soldados, y bajo del Calvario. Se fue por el valle de Gitano hacia las grutas del valle de Hinnom, donde estaban escondidos los discípulos. Les anuncio la muerte del Salvador, y se volvió a la ciudad a casa de Pilatos. Cuando Abenadar dio testimonio de la divinidad de Jesús, muchos soldados lo hicieron con él; cierto numero de los que estaban presentes, y aun algunos fariseos de los que habían venido últimamente, se convirtieron. Mucha gente se volvía a su casa dándose golpes de pecho y llorando, Otros rasgaban sus vestidos, y se echaban tierra en la cabeza. Todo estaba lleno de estupefacción y de espanto. Juan se levantó; algunas de las santas mujeres, que habían estado retiradas, llevaron a la Virgen a poca distancia de la cruz.

Cuando el Salvador encomendó su alma humana a Dios, su Padre, y abandonó su cuerpo a la muerte, el cuerpo sagrado se estremeció, y se puso de un blanco lívido, y sus heridas, en que la sangre se había agolpado en abundancia, se mostraban distintamente como manchas oscuras; su cara se estiró; sus carrillos se hundieron, su nariz se alargó, sus ojos, llenos de sangre, se quedaron medio abiertos; levantó un instante la cabeza coronada de espinas, y la dejó caer bajo el peso de sus dolores; los labios, lívidos, se quedaron entreabiertos, y dejaron ver la lengua ensangrentada; sus manos, contraídas primero alrededor de los clavos, se ex1endieron con los brazos; su espalda se enderezó a lo largo de la cruz, y todo el peso de su cuerpo cayó sobre sus pies; las rodillas se encogieron y se doblaron del mismo lado, y sus pies dieron vuelta alrededor del clavo.

¿Quién podría expresar el dolor de la Madre de Jesús, de la Reina de los mártires? La luz del sol estaba aun alterada y oscurecida; el aire sofocaba durante el temblor de tierra, mas en seguida refrescó sensiblemente.

Era un poco más de las tres cuando Jesús dio el ultimo suspiro. Cuando el terremoto pasó, algunos fariseos recobraron su audacia; se acercaron a la abertura del peñasco del Calvario, tiraron piedras, y quisieron medir su profundidad con cuerdas. No pudiendo hallar el fondo, se volvieron pensativos; advirtieron con inquietud los gemidos del pueblo, y se bajaron del Calvario. Muchos se sentían interiormente cambiados; la mayor parte de los circunstantes se volvieron a Jerusalén llenos de terror. Los soldados romanos vinieron a guardar la puerta de la ciudad y a ocupar algunas posiciones para evitar todo movimiento tumultuoso. Casio y cincuenta soldados se quedaron en el Calvario. Los amigos de Jesús rodeaban la cruz, se sentaban enfrente de ella, y lloraban. Muchas de las santas mujeres volvieron a la ciudad. Silencio y duelo reinaban alrededor del cuerpo de Jesús. Se veía a lo lejos, en el valle y sobre las alturas opuestas, aparecer acá y allá algunos discípulos que miraban hacia la cruz con una curiosidad inquieta; y desaparecían, si veían venir a alguno.

Temblor de tierra. Aparición de los muertos en Jerusalén 

Cuando murió Jesús, yo vi su alma semejante a una forma luminosa entrar en la tierra al pie de la cruz, y con una multitud brillante de ángeles, entre los cuales estaba Gabriel. Esos ángeles echaban de la tierra al abismo una multitud de malos espíritus. Jesús envió muchas almas del limbo a sus cuerpos para que atemorizaran a los impenitentes y dieran testimonio de Él.
El temblor de tierra que abrió la roca del Calvario causó muchos estragos, sobre todo en Jerusalén y la Palestina. Apenas habían recobrado el ánimo en la ciudad y en el templo al volver la luz, cuando el temblor que agitaba la tierra y el ruido de los edificios que se hundían causaron otro más grande. Este terror fue todavía mayor cuando las gentes que huían llorando encontraban en el camino a los muertos resucitados que los avisaban y los amenazaban...........

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