jueves, 18 de diciembre de 2014

Lecturas del 18 de Diciembre. Feria de Adviento



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Jueves, 18 de diciembre de 2014

Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (23,5-8):

«Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y lo llamarán con este nombre: "El-Señor-nuestra-justicia". Por eso, mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que no se dirá: "Vive el Señor, que sacó a los israelitas de Egipto", sino que se dirá: "Vive el Señor, que sacó a la raza de Israel del país del Norte y de los países adonde los expulsó, y los trajo para que habitaran en sus campos".»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 71,1-2.12-13.18-19

R/.
 Que en sus días florezca la justicia, 
y la paz abunde eternamente


Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R/.

Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R/.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
el único que hace maravillas;
bendito por siempre su nombre glorioso;
que su gloria llene la tierra. ¡Amén, amén! R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,18-24):

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Palabra del Señor

Comentario al Evangelio del jueves, 18 de diciembre de 2014

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Juan Carlos Martos, cmf
El relato evangélico de Mateo muestra la primera aparición de Jesús en su fascinante complicación. No pintemos de purpurina el adviento o la navidad. Los hechos que se nos relatan esconden en su interior la difícil carga de una fe vivida a oscuras en la espera de Jesús. Jesús es concebido y nacerá de María de una forma insólita: Aparece sorprendiendo. José le dotará de las credenciales dinásticas de la casa de David al adoptarlo como hijo. Pero antes, el varón justo deberá pasar una prueba, tan dura como aparentemente innecesaria. La narración mateana enhebra esa prueba entre dudas, ángeles y sueños. Con este nuevo prólogo, inaudito y polémico, Jesús entra en nuestra historia humana para salvar al pueblo.
  • Navidad con dudas. José sufre a su vez, en un silencio total, por la ininteligible forma de hacer las cosas que tiene Dios. María sufre en silencio el desconcierto de José. Él jamás puso en duda la integridad de María. ¡Jamás la ha puesto –ni la pondrá- la Iglesia! Las dudas de José no fueron acerca de la “inocencia” de María, sino sobre el papel que él personalmente debía jugar en aquella increíble historia divina. ¿Acaso no estaba él mismo de sobra en esa familia? No era fácil, en su situación, mantenerse creyente y permanecer al lado de un Misterio que le estremecía y al lado de una mujer tan altísima para él.
  • Navidad con ángeles. En tiempos de oscuridad, de turbulencias, de desorientación, de desánimos, de sombras, de tentación de inhibirse; cuando el futuro se presenta como enigma,  emergen los ángeles en toda su fuerza. ! En la oscuridad... aparecen ángeles! ¡No demonios! Los ángeles indican que el cielo no está cerrado. Y muestran la fantástica creatividad de Dios, su capacidad de clarificar el futuro... Los ángeles abren ventanas hacia el más allá. Muestran que Dios está interviniendo. Son personajes permanentes en cada página de la historia de la Salvación..., altavoces de Dios.
  • Navidad con sueños. Una intervención desde arriba –mediante un ángel sin nombre- le aclara a José que tiene un puesto en el complicado puzzle de la Navidad. Deberá poner nombre al niño. Así será su padre “legal” según el código de aquella cultura. Era el padre quien imponía el nombre. Entonces, conocido su papel en aquel matrimonio, cesan su turbación, su desconcierto, sus dudas. Cuando comprende su misión, todo encaja, todo se entiende. Se ha deshecho el nudo y la oscuridad se vuelve resplandeciente. Hay motivos de esperanza. Hay motivos para el sí.
Nuestras dudas, nuestros ángeles, nuestros sueños... son, también hoy, el paisaje de nuestra expectación ardiente y nuestra espera inquieta del Señor. Con la revelación de Dios acaba la confusión. Todos cabemos en la Navidad. José no sobraba. Nosotros tampoco.
Juan Carlos Martos cmf

Apocalipsis

La mujer y el dragón
01 Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.
02 Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz.
03 Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas;
04 con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz para devorar a su hijo en cuanto naciera.
05 Y la mujer dio a luz un hijo varón, que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono,
06 mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado. Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.
07 Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles,
08 pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo.
09 El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsado; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él.
10 Oí entonces una fuerte voz en el cielo que decía: Por fin ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios, y la soberanía de su Ungido. Pues echaron al acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche ante nuestro Dios.
11 Ellos lo vencieron con la sangre del Cordero, con su palabra y con su testimonio, pues hablaron sin tener miedo a la muerte.
12 Por eso, alégrense, cielos y los que habitan en ellos. Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda poco tiempo.
13 Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón.
14 Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo.
15 Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara,
16 pero la tierra vino en ayuda de la mujer. Abrió la tierra su boca y se tragó el río que el dragón había vomitado.
17 Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan las declaraciones de Jesús.
18 Y se quedó a orillas del mar.

Proverbios


La mujer sabia edifica su casa con piedra
01 La sabiduría edifica una casa, pero la necedad la destruye con sus propias manos.
02 El que camina con rectitud teme al Señor, el que va por caminos tortuosos lo desprecia.
03 De la boca del necio brota el orgullo, los labios de los sabios son su defensa.
04 Donde no hay bueyes, el establo está limpio, pero la fuerza de un toro da mucha ganancia.
05 Un testigo veraz no engaña, pero el testigo falso profiere mentiras.
06 El insolente busca sabiduría y no la encuentra, pero la ciencia es fácil para el inteligente.
07 Aléjate de la presencia de un necio: no hallarás ciencia en sus labios.
08 La sabiduría del prudente es saber discernir su camino, la insensatez de los necios es puro engaño.
09 El necio se burla de los sacrificios expiatorios, pero entre los hombres rectos se encuentra el favor de Dios.
10 El corazón conoce su propia amargura y ningún extraño se asocia a su alegría.
11 La casa de los malvados será destruida, pero la carpa de los rectos florecerá.
12 Hay caminos que parecen rectos, pero al final son caminos de muerte.
13 También entre risas, sufre el corazón, y al fin la alegría termina en pesar.
14 El descarriado se sacia con los frutos de su conducta, y el hombre de bien con sus acciones.
15 El incauto cree todo lo que le dicen, pero el prudente vigila sus pasos.
16 El sabio teme el mal y se aparta de él, el necio es temerario y se siente seguro.
17 El iracundo comete locuras, el hombre reflexivo sabe aguantar.
18 La herencia de los incautos es la necedad, la corona de los prudentes es la ciencia.
19 Los malos se doblegarán ante los buenos, y los malvados, a las puertas del justo.
20 El pobre resulta odioso aun para su vecino, pero el rico tiene muchos amigos.
21 El que desprecia a su prójimo peca, pero ¡feliz el que se apiada de los humildes!
22 ¿No viven extraviados los que traman el mal? Pero hay amor y fidelidad para los que se dedican al bien.
23 Toda fatiga trae algún provecho, pero la charlatanería sólo aporta indigencia.
24 La corona de los sabios es la prudencia, la diadema de los necios, la insensatez.
25 Un testigo veraz salva las vidas, el que profiere mentiras es un impostor.
26 El temor del Señor es un refugio seguro, que sirve de defensa para los hijos.
27 El temor del Señor es fuente de vida, que aparta de los lazos de la muerte.
28 Un pueblo numeroso es la gloria del rey, la falta de súbditos es la ruina del soberano.
29 El que tarda en enojarse muestra gran inteligencia, el iracundo pone de manifiesto su necedad.
30 Un corazón apacible es la vida del cuerpo, pero la envidia corroe los huesos.
31 El que oprime al débil ultraja a su Creador, el que se apiada del indigente, lo honra.
32 El malvado es arrasado por su propia malicia, el justo encuentra un refugio en su integridad.
33 En el corazón inteligente reposa la sabiduría, pero entre los necios no se la conoce.
34 La justicia exalta a una nación, pero el pecado es la vergüenza de los pueblos.
35 El favor del rey es para el servidor prudente y su furor, para el desvergonzado.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

ORACION AL PADRE




Adora y confía en Dios

Autor: Padre Teilhard de Chardin


No te inquietes por las dificultades de la vida,
por sus altibajos, por sus decepciones,
por su porvenir más o menos sombrío
quiere tú lo que Dios quiere.

Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades
el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo,
acepta los designios de su providencia.

Poco importa que te consideres un fracasado
si Dios te considera plenamente realizado…
plenamente a su gusto…

Piérdete confiado ciegamente en ese Dios
que te quiere para sí, tal como eres,
y que llegará hasta ti, aunque jamás lo veas.

Piensa que estás en sus manos
tanto más fuertemente cogido
cuanto más decaído y triste te sientas
vive feliz, te lo suplico,
vive en paz.
que nada te altere
que nada sea capaz de quitar tu paz
ni la fatiga psíquica, ni tus fallos morales

Haz que brote, y conserva sobre tu rostro
una dulce sonrisa, reflejo de la que el Señor
continuamente te dirige.

Y en el fondo de tu alma coloca, antes que nada,
como fuente de energía y criterio de verdad,
todo aquello que te llene de la paz de Dios.

Recuerda, cuanto te oprime y te inquiete, es falso
te lo aseguro en nombre de las leyes de la vida
y de las promesas de Dios.

Por eso cuando te sientas apesadumbrado, triste
ADORA Y CONFÍA EN DIOS.

ORA Y ENCARGA MISA POR LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO

"Padre Eterno, te ofrezco la Preciosísima Sangre de Tu Divino Hijo Jesús, junto con todas las Misas que se celebren en el mundo hoy, por Las Benditas Almas del Purgatorio.

Mucha gente tiene la costumbre de decir 500, ó 1000 veces cada día la pequeña jaculatoria"Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío", o la sola palabra "Jesús"También este acto de amor: "Jesús. María, os amo, salvad las almas"

     La recitación del Santo Rosario 

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ENTRA Y ORA POR LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO: http://lasbenditasalmasdelpurgatorio.blogspot.com.es/

CONFIDENCIAS DE JESÚS A UN SACERDOTE


19 de noviembre de 1975 

TODAVÍA JUNTO A MÍ 

Escribe hijo mío: Ya te he hablado de mi Madre Corredentora. Ella lo fue en realidad desde el momento en que se consagró a Dios, ofreciéndose toda ella, su pureza, su voluntad. 
Este ofrecimiento se hizo cada vez más vivo, más luminoso, más consciente. 
Crecía en Ella la Gracia con el crecer de la edad. 
Se hizo luego oficialmente corredentora en el momento en que pronunció su Fiat22, provocando en Ella la Virginal Concepción de Mí, Verbo de Dios. Intensificó su acción de corredentora cada día de su vida haciendo realidad práctica su ofrecimiento inicial. Corredentora en sus siete dolores, lo fue en modo sublime cuando me acompañó a Mí en el Calvario y cuando, bajo la Cruz, renovó también su Fiat, aceptando ofrecerme a Mí y a sí misma, como víctima al Padre por la liberación de la humanidad caída bajo las garras de Satanás. Corredentora es y continuará siéndolo por siempre. 

Presencia de la Madre 

El misterio de la Cruz se renueva y se perpetúa en el misterio de la Misa. Por consiguiente es real la presencia de mi Madre en la Santa Misa, como fue real su presencia en el Calvario. 
Cierto no presente en la Hostia sino junto a la Hostia consagrada, como estuvo junto a Mí bajo la Cruz. En aquel momento, hijo, junto a mi Madre en el Calvario estuvo Juan, y la presencia de Juan se continúa en la Santa Misa con la presencia del sacerdote celebrante. 
Única y real fue, es y será siempre la presencia de mi Madre en la Santa Misa. Real es y será la presencia del Sacerdote en la Santa Misa. 
Pero esta presencia del Sacerdote puede ser diversa, porque diversas son las disposiciones con las que los sacerdotes celebran. 
Hay sacerdotes (no muchos pero los hay) que están presentes como Juan con una santa, activa participación, con un claro ofrecimiento, generoso, valeroso de sí mismos a mi Padre en unión Conmigo. 
¡Piensa, hijo mío, en estas Santas Misas! Qué unidad sublime, estupenda y maravillosa en el Amor y en el sufrimiento, que es la esencia del amor, en una trinidad sublime, maravillosa. Unidad y trinidad de amor ofrecida a mi Padre que, satisfecho, se reconcilia con la humanidad, a través del Nuevo Adán, la Nueva Eva y el pueblo de Dios en la persona de Juan, esto es, del sacerdote. 

Un daño inmenso 

Te dije hijo, que en su casi totalidad mis ministros ignoran culpablemente este rango suyo en el más alto Misterio de la fe y de la religión. 
De este modo se privan a sí mismos y al pueblo que representan de innumerables gracias, mutilando y mortificando, en cuanto está en ellos, el designio de amor infinito de la Trinidad Divina, mortificando de nuevo la unidad y trinidad de amor del Calvario, al ser su presencia puramente material. 
Viene prácticamente a faltar, aun estando materialmente presente, la participación del pueblo al que el sacerdote representa. 
De aquí debes deducir la gravedad de la inconsciente presencia de muchos sacerdotes míos en el Santo Sacrificio de la Misa. 
Debes comprender el daño inmenso causado al pueblo de Dios, defraudado de tantos dones a él destinados a través del sacerdote, mediador y depositario de la Redención. El sacerdote, (y son tantos, ¡hijo!) de canal a través del que debe correr mi gracia, se convierte en dique que se levanta entre mi Corazón abierto y el pueblo que él representa. 
Piensa todavía en la vergüenza y el sonrojo que pasarán algunos sacerdotes en el Juicio final, viendo su grandeza, la dignidad real y la potencia que nunca por su culpa quisieron comprender, y a la que abdicaron en favor de otras cosas sin importancia, y que ahora llenan su vida de humo más bien que de luz. 

Estoy afligido 

Hijo, grítalo fuerte, grítalo a todos aquellos sacerdotes, que están fuera del plano de la salvación, que no son instrumentos de redención sino fuegos fatuos. 
¡Mis sacerdotes no encuentran cinco minutos para prepararse a la Santa Misa, no encuentran cinco minutos para un poco de agradecimiento!... 
Y es lógico que sea así ¿De qué cosa podrían agradecerme si de la Santa Misa no han sacado ningún fruto? 
Luego pasan toda su jornada y parte de la noche, en cosas infecundas, inútiles y no pocas veces pecaminosas. 
De esta pavorosa realidad ¿cómo no se iba a aprovechar Satanás? 

 22 Hágase.  

Dilo a todos, sin reticencias, que las consecuencias catastróficas se deben en gran parte a mis ministros. ¿Qué maravilla si mañana su sangre tiñe de rojo la tierra?... 
Te lo he dicho: bien distinta sería la situación de mi Iglesia si mis sacerdotes hubieran cultivado en sí la vida interior de sus almas. 
Estoy afligido. No a Mí se deberán imputar los grandes sufrimientos de la hora que se avecina. 
Te bendigo, y contigo bendigo a los que te son queridos.  

EL EVANGELIO COMO ME HA SIDO REVELADO-MARIA VALTORTA

VOLUMEN SEXTO

364. En el Templo. Oración universal y parábola del hijo verdadero y los hijos bastardos.
1 de enero de 1946, 6.35 de la mañana.

1Dice Jesús:
«Levántate, María. Vamos a santificar el día con una página del Evangelio. Porque mi Palabra es santificación. Ve, María. Porque ver los días terrenos de Cristo es santificación. Escribe, María. Porque escribir acerca de Cristo es santificación, repetir lo que dice Jesús es santificación, predicar a Jesús es santificación, instruir a los hermanos es santificación. Grande será tu recompensa por esta obra de caridad».

2Jesús ha dejado Rama (visión del 17 12 45) y ya está a la vista de Jerusalén. Mientras anda   como el año pasado   va cantando los salmos prescritos. Muchos, en la vía llena de gente, se vuelven para mirar al grupo apostólico que pasa. Quién saluda con reverencia; quién se limita a echar una ojeada curiosa (éstas son por lo general las mujeres), sonriendo respetuosamente; quién se limita a observar; quién dibuja en sus labios una sonrisita irónica y desdeñosa; quién, en fin, pasa altivo y con evidente malevolencia. Jesús va tranquilo, vestido con una túnica limpia y buena. También Él, como todos, se ha cambiado, para entrar con orden y, diría, con elegancia, en la ciudad santa.
Y también Margziam este año está a la altura de las circunstancias con su ropa nueva. Camina al lado de Jesús, cantando a pleno pulmón, con esa voz suya que la verdad es que es un poquillo áspera porque no es todavía viril. Pero su tono imperfecto se pierde en el coro, lleno, de las voces de sus compañeros, emergiendo sólo, límpido como tintín de plata, en los agudos que emite todavía con voz blanca y segura. Está feliz Margziam...
En un intervalo de los cantos   ya a la vista de la Puerta de Damasco, porque entran por allí para ir inmediatamente al Templo  , mientras esperan a que pase una pomposa caravana que ocupa toda la vía y crea obstrucciones (de forma que los prudentes se detienen en los márgenes), Margziam pregunta: «Señor mío, ¿no vas a decir otra parábola bonita para tu hijo lejano? Querría unirla a los otros escritos que tengo; porque está claro que en Betania vamos a encontrar a sus enviados y sus noticias. Y me consume el deseo de darle una alegría, según le prometí y su corazón y el mío queremos...».
«Sí, hijo mío. Te daré la parábola».
«Pero una que le consuele, que le diga que sigue siendo tu amado...».
«Así lo diré. Y será para mí alegría porque será decir una verdad».
«¿Cuándo la vas a decir, Señor?».
«Inmediatamente. Vamos a ir en seguida al Templo, como es deber, y allí hablaré antes de que se me impida hacerlo».
«¿Y vas a hablar para él?».
«Sí, hijo mío».
«¡Gracias, Señor! Debe ser muy doloroso el estar separado así...» dice Margziam, que tiene casi un brillo de llanto en sus ojos negros.
Jesús le pone la mano encima del pelo 3y se vuelve para indicar a los doce que se acerquen y así reprender la marcha. Y es que los doce se habían detenido a oír lo que decían algunos, no sé si creyentes en el Maestro o deseosos de conocerle, que a su vez se habían parado por la misma causa que había detenido a Jesús y a los suyos.
«Ya vamos, Maestro. Estábamos escuchando a éstos. Algunos de ellos son prosélitos que vienen de lejos y preguntaban que dónde podrían acercarse a conocerte» dice Pedro yendo.
«¿Por qué motivo lo desean?».
Y Pedro, ya al lado de Jesús   que está reanundando la marcha   dice: «Porque quieren oír tu palabra, y para ser curados de algunas enfermedades. ¿Ves ese carro cubierto, después de ellos? Dentro hay prosélitos de la Diáspora que han venido por mar o con un largo viaje, movidos a realizarlo además de por el respeto a la Ley por la fe en ti. Los hay de Éfeso, Perge e Iconio, y hay uno, pobre, de Filadelfia, al que han acogido en el carro por piedad los otros, que son mercantes ricos por lo general, pensando propiciarse al Señor».
«Margziam, ve a decirles que me sigan al Templo. Tendrán lo uno y lo otro: salud del alma, con la palabra, y salud para los cuerpos si saben tener fe».
El jovencito va ligero. Pero de los doce se eleva un coro de desaprobación por "la imprudencia" de Jesús, que quiere mostrarse públicamente en el Templo...
«Vamos a propósito, para que vean que no tengo miedo. Para que vean que ninguna amenaza me puede hacer desobedecer al precepto. ¿Pero es que no habéis entendido todavía su juego? Todas estas amenazas, todos estos consejos, amigables sólo en apariencia, tienen la pretensión de hacerme pecar, para poder disponer de un elemento verdadero de acusación. No seáis cobardes. Tened fe. No es mi hora».
«¿Pero por qué no vas antes a tranquilizar a tu Madre? Te espera...» dice Judas Iscariote.
«No. Primero voy al Templo, que, hasta el momento señalado por el Eterno para la nueva época, es la Casa de Dios. Mi Madre, esperándome, sufrirá menos de lo que sufriría sabiendo que estoy predi­cando en el Templo. De esta forma, honraré al Padre y a la Madre, dándole al Primero la primicia de mis horas pascuales, y a la segun­da la tranquilidad. Vamos. No temáis. Por lo demás, quien tenga miedo que vaya al Getsemaní, a incubar su miedo entre las mujeres».
Los apóstoles, con la pulla de esta última observación, no hablan más. Se ponen de nuevo en fila, de tres en tres. Sólo en la fila donde está Jesús, la primera, son cuatro, hasta que llega Margziam y la hace de cinco (tanto que Judas Tadeo y el Zelote se ponen detrás de Jesús, dejándole así en el centro entre Pedro y Margziam).
4En la Puerta de Damasco ven a Manahén. «Señor, he pensado que era mejor que me vieran, para disolver toda posible duda sobre la situación. Te aseguro que, aparte de la malevolencia de los farise­os y escribas, no hay nada que sea peligroso para ti. Puedes ir segu­ro».
«Lo sabía, Manahén. De todas formas, te lo agradezco. Ven con­migo al Templo, si no te es molestia...».
«¡Molestia? ¡Por ti desafiaría al mundo entero! ¡Afrontaría cualquier fatiga! ».
Judas Iscariote barbota algunas palabras. Manahén se vuelve ofendido. Dice con voz segura: «No, hombre. No son "palabras". Le ruego al Maestro que compruebe mi sinceridad».
«No hace falta, Manahén. Vamos».
Siguen adelante entre el atasco de gente. Llegados a una casa amiga, se liberan de los talegos; Santiago, Juan y Andrés los depositan por todos en un atrio largo y obscuro, y luego dan alcance a sus compañeros.
5Entran en el recinto del Templo pasando cerca de la Antonia. Los soldados romanos miran, pero no se mueven. Se susurran algu­nas cosas. Jesús los observa, para ver si hay alguno que conozca. Pe­ro no ve ni a Quintiliano ni al mílite Alejandro.
Ya están en el Templo, en medio del hormigueo de gente, poco sagrado, de los primeros patios, donde hay mercaderes y cambistas. Jesús mira y vibra. Se pone pálido. Su andadura severa es tan solemne, que parece aumentar más todavía de estatura.
Judas Iscariote le tienta: «¿Por qué no repites aquel gesto santo? Ya ves... lo han olvidado... De nuevo la profanación ha entrado en la Casa de Dios. ¿No te duele? ¿No te lanzas a defender?». Este rostro moreno y bello, pero irónico y falso (a pesar de todas las artes de Judas para que no aparezca así), toma un aspecto incluso vulpino mientras, un poco agachado, como por reverencial respeto, dice estas palabras a Jesús, escrutándole de abajo arriba.
«No es la hora. Pero todo eso será purificado. ¡Y para siempre!...» dice secamente Jesús.
Judas sonríe ligeramente y comenta: «¡¡El "para siempre" de los hombres!! ¡Ya ves, Maestro, que es muy precario!...».
Jesús no le responde, pues trata de saludar desde lejos a José de Arimatea, que pasa seguido por otras personas, envuelto en sus vistosos indumentos.
Recitan las oraciones rituales y luego regresan al Patio de los Gentiles, bajo cuyos pórticos se agolpa la gente.
6Los prosélitos a los que habían encontrado viniendo al Templo han seguido todo este tiempo a Jesús. Han traído con ellos a sus enfermos y ahora los están colocando a la sombra, debajo de los pórticos, cerca del Maestro. Sus mujeres, que los han esperado aquí, se acercan muy despacio. Todas veladas. Pero una está ya sentada, quizás por estar enferma, y las compañeras la llevan al lado de los otros enfermos. Más gente se agolpa alrededor de Jesús. Veo estupor y desorientación en los grupos rabínicos y sacerdotales por la abierta venida y la abierta predicación de Jesús.
«¡La paz sea con todos vosotros que escucháis!
La Pascua Santa trae de nuevo a los hijos fieles a la Casa del Padre. Parece, esta Pascua bendita nuestra, una madre que piensa solícita en el bien de sus hijos, que los llama con fuerte voz para que vengan de todas partes, aplazando todas las ocupaciones por una más importante, la única que es verdaderamente grande y útil: honrar al Señor y Padre. En esto se comprende que somos hermanos; de esto, con testimonio delicado, surge el orden y el compromiso de amar al prójimo como a uno mismo. ¿No nos hemos visto nunca? ¿No sabíamos los unos de los otros? Así es. Pero, si estamos aquí, porque somos hijos de un único Padre que quiere congregarnos en su Casa para el banquete pascual, entonces, aunque no sea con los sentidos materiales, sí ciertamente con la parte superior, sentimos que somos iguales, hermanos, provenientes de Uno solo, y nos amamos, por tanto, como si hubiéramos crecido juntos. Y esta unión de amor nuestra es anticipación de la otra, más perfecta, de que gozaremos en el Reino de los Cielos, bajo la mirada de Dios, abrazados todos por su Amor: Yo, Hijo de Dios y del hombre, con vosotros, hombres hijos de Dios; Yo, Primogénito, con vosotros, hermanos amados sobre toda humana medida, hasta hacerme Cordero por los pecados de los hombres.
Recordemos también, nosotros que gozamos en el momento presente de nuestra fraterna unión en la Casa del Padre, a los que están lejos y también son hermanos nuestros en el Señor y en el origen. Tengámolos en nuestro corazón. Llevemos en nuestro corazón ante el altar santo a los ausentes. Oremos por ellos, recogiendo con el espíritu sus lejanas voces, sus añoranzas de estar aquí, sus anhelos. Y, de la misma forma que recogemos estos conscientes anhelos de los israelitas lejanos, recojamos también los de las almas que pertenecen a hombres que no saben siquiera que tienen un alma y que son hijos de Uno solo. Todas las almas del mundo gritan en las prisiones de los cuerpos hacia el Altísimo. Alzan, en oscura cárcel, su gemido hacia la Luz. Nosotros, que estamos en la luz de la fe verdadera, tengamos misericordia de ellos. 7Oremos así:
Padre nuestro que estás en los Cielos, sea santificado por toda la humanidad tu Nombre. Conocer tu Nombre es encaminarse hacia la santidad. Haz, Padre santo, que los gentiles y paganos conozcan tu existencia, y que vengan a Dios, a ti, Padre, guiados por la Estrella de Jacob, por la Estrella de la Mañana, por el Rey y Redentor de la estirpe de David, por tu Ungido, ya ofrecido y consagrado para ser Víctima por los pecados del mundo; que vengan como los tres sabios de entonces, de un tiempo ya lejano pero no inoperante, porque nada de lo que tiene algo que ver con la venida de la Redención al mundo es inoperante.
Venga tu Reino a todos los lugares de la tierra: donde se te conoce y ama, y donde aún no se te conoce; y, sobre todo, a los que son triplemente pecadores, los cuales, aun conociéndote, no te aman en tus obras y manifestaciones de luz, y tratan de rechazar y apagar la Luz que ha venido al mundo, porque son almas de tinieblas, que prefieren las obras de tinieblas, y no saben que querer apagar la Luz del mundo es ofenderte a ti mismo, porque Tú eres Luz santísima y Padre de todas las luces, comenzando por la que se ha hecho Carne y Palabra para traer tu luz a todos los corazones de buena voluntad.
Padre santísimo, que todos los corazones de este mundo hagan tu voluntad, es decir, que se salven todos los corazones y no quede para ninguno sin fruto el sacrificio de la Gran Víctima; porque ésta es tu voluntad: que el hombre se salve y goce de ti, Padre santo, después del perdón que está para ser otorgado.
Danos tu ayuda, Señor: todas tus ayudas. Ayuda a todos los que esperan, a los que no saben esperar, a los pecadores con el arrepentimiento que salva, a los paganos con la herida de tu llamada que estremece; ayuda a los infelices, a los reclusos, a los desterrados, a los enfermos en el cuerpo o en el espíritu, a todos, Tú que eres el Todo; porque el tiempo de la Misericordia ha llegado.
Perdona, Padre bueno, los pecados de tus hijos. Los de tu pueblo, que son los más graves, los de los culpables de querer estar en el error, mientras que tu amor de predilección ha dado la Luz precisamente a este pueblo. Perdona a los que están afeados por un paganismo corrompido que enseña el vicio, y se hunden en la idolatría de este paganismo pesado y mefítico, mientras que entre ellos hay almas preciadas y que Tú amas porque las has creado. Nosotros perdonamos, Yo el primero, para que Tú puedas perdonar. E invocamos tu protección sobre la debilidad de las criaturas para que libres del Principio del Mal, del cual vienen todos los delitos, idolatrías, culpas, tentaciones y errores, a tus criaturas. Líbralas, Señor, del Príncipe horrendo, para que puedan acercarse a la Luz eterna».
8La gente ha seguido atenta esta solemne oración. Se han acercado rabíes famosos, entre los cuales, sujetándose pensativo el barbado mentón, está Gamaliel... Y se ha acercado también un grupo de mujeres, enteramente envueltas en mantos, con una especie de capucha que oculta sus rostros. Y los rabíes se han acercado con desprecio... Y también han venido, reclamados por la noticia de que había llegado el Maestro, muchos discípulos fieles, entre los cuales están Hermas, Esteban y el sacerdote Juan, Y también Nicodemo y José, inseparables, y otros amigos suyos que creo haber visto ya.
Durante la pausa que sigue a la oración del Señor, recogido ahora dentro de sí, solemnemente austero, se oye a José de Arimatea decir: «¿Y entonces, Gamaliel? ¿No te parece todavía palabra del Señor?».
«José, se me dijo: "Estas piedras se estremecerán con el sonido de mis palabras"» responde Gamaliel.
Esteban, impetuosamente, grita: «¡Cumple el prodigio, Señor! ¡Da la orden, y se desarticularán! ¡Gran don sería que se derrumbase el edificio, pero se elevaran en los corazones las murallas de tu Fe! ¡Házselo a mi maestro!».
«¡Blasfemo!» grita un grupo rabioso de rabíes con sus alumnos.
«No» grita a su vez Gamaliel. «Mi discípulo habla con palabra inspirada. Pero nosotros no somos capaces de aceptarla porque el Ángel de Dios todavía no nos ha purificado* del pasado con el tizón tomado del Altar de Dios... Y, quizás, ni aunque el grito de su voz» y señala a Jesús «desencajara los quicios de estas puertas, sabríamos creer...». Se recoge un extremo del amplio manto blanquísimo y con él se cubre la cabeza, ocultándose casi el rostro; luego se marcha.
Jesús le mira mientras se va... 9Luego continúa hablando. Ahora responde a algunos que murmuran entre sí, que se muestran escan­dalizados y que hacen más visible su escándalo descargándolo sobre Judas de Keriot, con una rociada de protestas que el apóstol encaja sin reaccionar, encogiéndose de hombros y poniendo una cara que de satisfecha no tiene nada.
Jesús dice:
«En verdad, en verdad os digo que los que parecen ilegítimos son hijos verdaderos, y que los que son hijos verdaderos se hacen ilegíti­mos. Escuchad todos una parábola.
Hubo una vez un hombre que, debido a algunas ocupaciones, tuvo que ausentarse durante largo tiempo de casa, dejando en ella a algu­nos hijos que todavía eran poco mas que unos niños. Desde el lugar en que se hallaba, escribía cartas a sus hijos mayores para mantener siempre en ellos el respeto hacia el padre lejano y para recordarles sus enseñanzas. El último, nacido después de su partida, se estaba criando todavía con una mujer que vivía lejos de allí, de la región de la esposa, que no era de su raza. Y la esposa murió, siendo pequeño y viviendo lejos de casa todavía este hijo. Los hermanos dijeron: "De­jémosle allí, donde está, con los parientes de nuestra madre. Quizás nuestro padre se olvida de él. Saldremos ganando porque tendremos que repartir con uno menos, cuando nuestro padre muera". Y así lo hicieron. De esta forma, el niño lejano creció con los parientes ma­ternos, ignorando las enseñanzas de su padre, ignorando que tenía un padre y unos hermanos, o, peor, conociendo la amargura de esta reflexión: "Todos ellos me han desechado como si fuera ilegítimo", y tanto se sentía repudiado por su padre, que llegó incluso a creer que ello fuera verdad.
Siendo ya un hombre y habiéndose puesto a trabajar   porque, agriado como estaba por los pensamientos mencionados, aborrecía también a la familia de su madre, a quien consideraba culpable de adulterio  , quiso el azar que este joven fuera a la ciudad donde es­taba su padre. Y entró en contacto con él, aunque no

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* el Ángel de Dios todavía no nos ha purificado... es imagen tomada de Isaías 6, 6-7.
sabía quién era, y tuvo la ocasión de oírle hablar. El hombre era un sabio. No tenien­do la satisfacción de los hijos, que estaban lejos   a esas alturas ya vivían por su cuenta y mantenían con su padre lejano sólo unas rela­ciones convencionales... bueno, para recordarle que eran "sus" hijos y que, como consecuencia, se acordara de ellos en el testamento  , se ocupaba mucho en dar rectos consejos a los jóvenes a quienes te­nía ocasión de conocer en esa tierra en que estaba. El joven se sintió atraído por esa rectitud, que era paterna hacia muchos jóvenes; no sólo se acercó a él, sino que atesoró todas sus palabras, y vino a ha­cer bueno su agriado ánimo. El hombre enfermó. Tuvo que decidir regresar a su patria. El joven le dijo: "Señor, eres la única persona que me ha hablado con justicia y me ha elevado el corazón. Deja que te siga como siervo. No quiero volver a caer en el mal de antes". "Ven conmigo. Ocuparás el puesto de un hijo del que no he podido volver a tener noticias". Y regresaron juntos a la casa paterna.
Ni el padre ni los hermanos ni el propio joven intuyeron que el Señor hubiera congregado de nuevo a los de una única sangre bajo un único techo.
Mas el padre hubo de llorar mucho por sus hijos conocidos, porque los encontró olvidados de sus enseñanzas, codiciosos, duros de corazón, con muchas idolatrías en sus corazones en vez de creyentes en Dios: la soberbia, la avaricia y la lujuria eran sus dioses, y no querían oír hablar de nada que no fuera ganancia humana. El extranjero, sin embargo, cada vez se acercaba más a Dios; se hacía cada vez más justo, bueno, amoroso, obediente. Los hermanos le odiaban porque el padre quería a ese extranjero. Él perdonaba y amaba porque había comprendido que en el amor estaba la paz.
El padre, un día, disgustado con la conducta de sus hijos, dijo: "Vosotros os habéis desinteresado de los parientes de vuestra madre, y hasta de vuestro hermano. Me recordáis la conducta de los hijos de Jacob hacia su hermano José*. Quiero ir a esas tierras para tener noticias de él. Quizás le encuentro para consuelo mío". Y se despidió, tanto de los hijos conocidos como del joven desconocido, dando a este último una reserva de dinero para que pudiera volver al lugar de donde había venido y montar allí un pequeño comercio.
Llegado a la región de su difunta esposa, los familiares de ella le contaron que el hijo abandonado había pasado a llamarse Manasés**, de Moisés que se llamaba, porque realmente con su nacimiento había hecho olvidar al padre que era justo, pues lo había abandonado.

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* la conducta de los hijos de Jacob hacia su hermano José está narrada en Génesis 37, 3 28.

** Manasés, en el significado de Génesis 41, 51 y explicado enseguida y en 508.5.


"¡No me ofendáis! Me habían referido que se había perdido el rastro del niño. Y no esperaba siquiera encontrar aquí a ninguno de vosotros. Pero habladme de él. ¿Cómo es? ¿Ha crecido robusto? ¿Se parece a mi amada esposa que se consumió dándomele? ¿Es bueno? ¿Me ama?".
"Robusto, es robusto, y guapo como su madre, aparte de tener los ojos de un color negro intenso. De su madre tiene hasta la mancha de forma de algarroba en la cadera, y de ti ese estorbo ligero de la pronunciación. Cuando se hizo hombre, se marchó, agriado por su sino, con dudas sobre la honestidad de su madre, y sintiendo rencor hacia ti. Habría sido bueno, si no hubiera tenido este rencor en el alma. Se marchó más allá de los montes y de los ríos. Llegó a Trapecius para..."
"¿Decís Trapecius? ¿En Sinopio? Seguid, seguid, que yo estaba allí, y vi a un joven con este ligero estorbo en la pronunciación, solo y triste, y muy bueno por debajo de su costra de dureza. ¿Es él? ¡Hablad!".
«Quizás es. Búscale. En la cadera derecha tiene la algarroba saliente y obscura como la tenía tu mujer".
El hombre se marchó a toda velocidad, con la esperanza de encontrar todavía al extranjero en su casa. Había partido ya para regresar a la colonia de Sinopio. El hombre fue detrás... Le encontró. Le hizo acercarse para descubrirle la cadera. Le reconoció. Cayó de rodillas alabando a Dios por haberle devuelto el hijo, y más bueno que los otros, que cada vez se hacían más animales, mientras que éste, en estos meses que habían pasado, se había hecho cada vez más santo. Y dijo al hijo bueno: "Recibirás la parte de tus hermanos, porque, sin ser amado por nadie, te has hecho más justo que todos los demás".
¿No era, acaso, justicia? Lo era. En verdad os digo que son verdaderos hijos del Bien aquellos que, rechazados por el mundo y despreciados, odiados, vilipendiados, abandonados como ilegítimos, considerados oprobio y muerte, saben superar a los hijos crecidos en la casa pero rebeldes a las leyes de ésta. No es el hecho de ser de Israel lo que da derecho al Cielo; ni asegura el destino el ser fariseos, escribas o doctores. La cosa es tener buena voluntad y acercarse generosamente a la Doctrina de amor, hacerse nuevos en ella, hacerse por ella hijos de Dios en espíritu y verdad.
Sabed todos los que me escucháis que muchos, que se creen seguros en Israel, serán substituidos por los que para ellos son publicanos, meretrices, gentiles, paganos y galeotes. El Reino de los Cielos es de quien sabe renovarse acogiendo la Verdad y el Amor».
10Jesús se vuelve hacia el grupo de los enfermos prosélitos. «¿Sa­béis creer en cuanto he dicho?» pregunta con voz fuerte.
«¡Sí! ¡Señor!» responden en coro.
«¿Queréis acoger la Verdad y el Amor?».
«¡Sí! ¡Señor!».
«¿Os quedaríais satisfechos aunque no os diera más que Verdad y Amor?».
«Señor, Tú sabes qué es lo que necesitamos más. Danos, sobre todo, tu paz y la vida eterna».
«¡Levantaos e id a alabar al Señor! Estáis curados en el Nombre santo de Dios».
Y, rápido, se dirige hacia la primera puerta que encuentra, y se mezcla con la muchedumbre que satura Jerusalén, antes de que la emoción y el estupor que hay en el Patio de los Paganos pueda transformarse en aclamadora búsqueda de Él...

Los apóstoles, desorientados, le pierden de vista. Sólo Margziam, que no ha dejado nunca de tenerle cogido un extremo del manto, corre a su lado, feliz, y dice: «¡Gracias, gracias, gracias, Maestro! ¡Por Juan, gracias! He escrito todo mientras hablabas. Sólo me queda añadir el milagro. ¡Qué bonito! ¡Justo para él! ¡Se pondrá muy contento!...».

CATEQUÉSIS





Francisco, la salvación es un corazón humilde que se confía en Dios


2014-12-17 Radio Vaticana

(RV).- Dios salva un corazón arrepentido, mientras quien no se confía en Él atrae a sí mismo la condena. Lo ha subrayado el Papa Francisco en su homilía matutina en la capilla de la Casa de Santa Marta.
La humildad salva al hombre ante los ojos de Dios, la soberbia lo hace perderse. La llave está en el corazón. Aquel del humilde es abierto, sabe arrepentirse, aceptar una corrección y se confía en Dios. Aquel soberbio es exactamente el opuesto: arrogante, cerrado, no conoce la vergüenza, es impermeable a la voz de Dios. El pasaje del profeta Sofonías y aquel del Evangelio sugieren al Papa Francisco una reflexión paralela. Ambos textos, observa, hablan de un juicio del cual dependen salvación y condena.
La situación descrita por el profeta Sofonías es aquella de una ciudad rebelde, en la cual no obstante, hay un grupo que se arrepiente de los propios pecados: esto, subraya el Papa, es el “pueblo de Dios” que tiene en sí las “tres características” de “humildad, pobreza, confianza en el Señor”. Pero en la ciudad están también aquellos que, dice Francisco, “no han aceptado la corrección, no han confiado en el Señor”. A ellos les tocará la condena:
“Estos no pueden recibir la salvación. Ellos están cerrados a la salvación. ‘Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre; confiará en el nombre del Señor’ para toda la vida. Y esto hasta hoy, ¿no? Cuando vemos al santo pueblo de Dios que es humilde, que tiene sus riquezas en la fe en el Señor, en la confianza en el Señor – el pueblo humilde, pobre, que confía en el Señor: y estos son los salvados y éste es el camino de la Iglesia ¿no? Debe ir por este camino, no por otro camino que no escucha la voz, que no acepta la corrección y no confía en el Señor”.
La escena del Evangelio es aquella del contraste entre los dos hijos invitados por el padre a trabajas en la viña. El primero, rechaza, pero luego se arrepiente y va; el segundo dice sí al padre, pero en realidad lo engaña. Jesús cuenta esta historia a los jefes del pueblo, afirmando con claridad que son ellos que no han querido escuchar la voz de Dios a través de Juan y que por esto, en el Reino de los cielos serán superados por publicanos y prostitutas, que en cambio han creído en Juan. Y el escándalo suscitado por esta última afirmación, observa el Papa, es idéntico a aquel de tantos cristianos que se sienten “puros” sólo porque van a misa y hacen la comunión. Pero Dios, dice Francisco, tiene necesidad de otra cosa:
“Si tu corazón no es un corazón arrepentido, si no escuchas al Señor, no aceptas las correcciones y no confías en Él, tienes un corazón no arrepentido. Estos hipócritas que se escandalizaban de esto que dice Jesús sobre los publicanos y las prostitutas, pero luego, a escondidas, iban a buscarlos o para desahogar sus pasiones o para hacer negocios – pero todo a escondidas – eran puros. Y a estos el Señor no los quiere".
Este juicio “nos da esperanza” asegura el Papa Francisco. Con tal de que se tenga el corajede abrir el corazón a Dios sin reservas, donándole también la “lista” de los propios pecados. Y para explicarlo, el Papa recuerda la historia de aquel santo que pensaba de haberle dado todo al Señor, con extrema generosidad:
“Escuchaba al Señor, hacía todo según su voluntad, daba al Señor y el Señor: ‘Pero tú todavía no me has dado una cosa’. Y el pobre era tan bueno y dice: ‘Pero Señor, ¿qué cosa no te he dado?’ Te he dado mi vida, trabajo para los pobres, trabajo para la catequesis, trabajo aquí, trabajo allá…’ ‘Pero tú no me has dado algo todavía’. ¿Qué, Señor?’ ‘Tus pecados’. Cuando nosotros seamos capaces de decir al Señor: ‘Señor, estos son mis pecados – no son de aquel, de aquel…son los míos. Tómalos Tú y así yo estaré salvado -  cuando nosotros seremos capaces de hacer esto, nosotros seremos aquel hermoso pueblo, ‘pueblo humilde y pobre’, que confía en el nombre del Señor. El Señor nos conceda esta gracia”.
(MCM-RV)