El domingo 25 se celebra la Festividad de Cristo Rey. Una de estas celebraciones que en un pueblo tan escasamente prejuicioso como el español siempre provoca sospechas. Eso de Cristo Rey, fiesta antiquísima en el orbe cristiano, nos suena a los guerrilleros de Cristo y gente del tardofranquismo, presumiblemente terrorista. Es lógico, nuestra cultura religiosa es profunda.
Pero el caso es que el domingo 25 se termina el año litúrgico con la festividad de Cristo Rey porque resulta que Dios es el Rey de Reyes.
Tampoco se trata de confesionalidad, aunque es cierto que la cristofobia ha crecido de forma tan exponencial que -aunque no crearon la confesionalidad del Estado- sí empiezo a creer en la confesionalidad de los partidos. Quiero decir, si ningún partido político defiende a la Iglesia, por qué no forjar uno que sí lo haga
Pero eso tampoco tiene mucho que ver con Cristo Rey ni con la confusión sobre la fiesta. Y, de hecho, creo que el origen está en la frase genial del gran Goscinny, cuando le hace decir a un romano: “Esto de que los dioses se comporten como si fuesen amos tiene que acabarse”.
Cristo no pude ser otra cosa que Rey, porque solo el Rey de Reyes puede establecer conexión entre la grandeza del Creador y la nimiedad de la creatura. Dios es Rey porque no puede ser otra cosa. Y ante Dios nos postramos porque no sólo nos trajo de la nada a la existencia, sino que además, nos mantiene en la existencia cada instante de nuestra vida.
Por ello, recibe adoración, alabanza y obediencia. Lo absurdo sería que el hombre impusiera sus reglas al Rey y no al revés. Una cosa es la confianza del hijo con su padre y otra, salvar la brecha insalvable que existe entre Uno y otro. Y así llegamos al hombre moderno que, por muy moderno que sea, ya fuera resumido por San Agustín hace 16 siglos: “Yo no hablo de los malvados que blasfeman con la lengua, pero son muchos los que blasfeman con su propia conducta”. Blasfemar es no darle a Dios el trato que merece.
Porque Dios, que, sin embargo, se anonada hasta la muerte, debe comportarse como Dios y el hombre como hombre.