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Ora todos los días muchas veces: "Jesús, María, os amo, salvad las almas".

El Corazón de Jesús se encuentra hoy Locamente Enamorado de vosotros en el Sagrario. ¡Y quiero correspondencia! (Anda, Vayamos prontamente al Sagrario que nos está llamando el mismo Dios).

ESTEMOS SIEMPRE A FAVOR DE NUESTRO PAPA FRANCISCO, ÉL PERTENECE A LA IGLESIA DE CRISTO, LO GUÍA EL ESPÍRITU SANTO.

Oración por los cristianos perseguidos

Padre nuestro, Padre misericordioso y lleno de amor, mira a tus hijos e hijas que a causa de la fe en tu Santo Nombre sufren persecución y discriminación en Irak, Siria, Kenia, Nigeria y tantos lugares del mundo.

Que tu Santo Espíritu les colme con su fuerza en los momentos más difíciles de perseverar en la fe.Que les haga capaces de perdonar a los que les oprimen.Que les llene de esperanza para que puedan vivir su fe con alegría y libertad. Que María, Auxiliadora y Reina de la Paz interceda por ellos y les guie por el camino de santidad.

Padre Celestial, que el ejemplo de nuestros hermanos perseguidos aumente nuestro compromiso cristiano, que nos haga más fervorosos y agradecidos por el don de la fe. Abre, Señor, nuestros corazones para que con generosidad sepamos llevarles el apoyo y mostrarles nuestra solidaridad. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

martes, 14 de febrero de 2017

Flagelación de Jesús-ANA CATALINA EMMERICK

ANA CATALINA EMMERICK



Flagelación de Jesús

 Pilatos, juez cobarde e irresoluto, había pronunciado muchas veces estas palabras llenas de bajeza: "No hallo crimen en Él: por eso voy a mandar azotarlo y a darle libertad". Los judíos gritaban cada vez más furiosos: iCrucifícalo! iCrucifícalo!" Sin embargo, Pilatos quiso que su voluntad prevaleciera, y mandó azotar a Jesús, a la manera de los romanos. Entonces los alguaciles, pegando y empujando a Jesús con palos, le condujeron a la plaza, en medio del tumulto y de la saña popular. Al Norte del palacio de Pilatos, a poca distancia del cuerpo de guardia, había una columna destinada a que los reos sufriesen, a ella atados, la pena de azotes. Los verdugos, provistos de látigos, varas y cuerdas, los pusieron al pie de la misma. Eran seis hombres atezados, de menos estatura que Jesús; tenían un cinturón alrededor del cuerpo, y el pecho cubierto de una especie de cuero o tela burda; los brazos iban desnudos. Eran malhechores de la frontera de Egipto, condenados por sus crímenes a trabajar en los canales y en los edificios públicos, y los más perversos de entre ellos hacían el oficio de sayones en el Pretorio. Esos hombres crueles habían ya atado a la propia columna y azotado hasta la muerte a algunos pobres condenados. Parecían salvajes o demonios, y estaban medio borrachos.

 Dieron de puñadas al Señor, le arrastraron con las cuerdas, a pesar de que se dejaba conducir sin resistencia, y lo ataron brutalmente a la piedra. Esta columna estaba sola, y no servía de apoyo a ningún edificio. No era muy elevada, pues un hombre alto, extendiendo el brazo, hubiera podido alcanzar a la parte superior. A media altura había anillas y ganchos. No se puede expresar con qué barbarie esos tigres furiosos arrastraron a Jesús: le arrancaron el manto de irrisión de Herodes, y derribáronle casi al suelo. Jesús temblaba y se estremecía delante de la columna. Se despojó Él mismo de sus vestidos con las manos hinchadas y ensangrentadas. Mientras le pegaban, oró del modo más tierno, y volvió un instante la cabeza hacia su Madre, que estaba partida de dolor en la esquina de una de las alas de la plaza, y que cayó sin conocimiento en brazos de las santas mujeres que la rodeaban. Jesús abrazó la columna; los verdugos le ataron las manos, levantadas en alto, a un ani llo de hierro que estaba arriba, y estiraron tanto sus brazos, que sus pies, atados fuertemente a lo bajo de la columna, tocaban apenas al suelo.

El Santo de los Santos fue así extendido con violencia sobre la columna de los malhechores; y dos de aquellos furiosos comenzaron a flagelar su cuerpo sagrado, desde la cabeza hasta los pies. Sus látigos o sus varas parecían de madera blanca flexible: puede ser también que fueran nervios de buey o correas de cuero duro y blanco. El Salvador, el Hijo de Dios, verdadero Dios, y verdadero hombre, temblaba y se retorcía como un gusano bajo los golpes. Sus gemidos dulces y claros se oían como una oración -en medio del ruido de los azotes. De cuando en cuando los gritos del pueblo y de los fariseos zumban como estruendosa tempestad, y cubren sus quejidos lastimeros con que alternan piísimas bendiciones; clamaban; "¡Que muera! iCruciffcalo!", pues Pilatos estaba todavía hablando con el pueblo. Y cuando quería decir algunas palabras en medio del tumulto popular, una trompeta tocaba en demanda de silencio.

Entonces oíase de nuevo el crujir de los azotes, los sollozos de Jesús, las imprecaciones de los verdugos y el balido de los corderos pascuales que se lavaban en la piscina de las Ovejas. Ese balido acentuaba un espectáculo tiernísimo: eran tristes voces que se unían a los gemidos de Jesús. El pueblo judío estaba a cierta distancia de la columna; los soldados romanos ocupaban diferentes puntos; muchos iban y venían silenciosos o profiriendo insultos; otros se sentían conmovidos, y parecía que un rayo de Jesús les tocaba. Yo vi jóvenes, monstruos de infamia, casi desnudos, que preparaban varas frescas cerca del cuerpo de guardia; otros iban a buscar varas de espino. Algunos alguaciles de los príncipes de los sacerdotes daban dinero a los verdugos. Les trajeron también un cántaro que contenía una bebida espesa y colorada, y bebieron hasta embriagarse. Pasado un cuarto de hora, los sayones que azotaban a Jesús fueron reemplazados por otros dos. El cuerpo del Salvador estaba cubierto de manchas negras, lívidas y coloradas, y su sangre corría por el suelo. Por todas partes se oían las injurias y las burlas.

Los segundos verdugos lanzáronse con rabia de hambrientos lobos sobre Jesús; tenían otra especie de varas; eran de espino con nudos y puntas. Los golpes rasgaron todo el cuerpo de Jesús; la sangre saltó a distancia, y ellos tenían los brazos manchados. Jesús gemía, oraba y se estremecía. Muchos forasteros pasaron por la plaza, montados sobre camellos, y alejáronse poseídos de horror y de pena cuando el pueblo les explicó lo que ocurría. Eran caminantes que habían recibido el bautismo de Juan, o que habían oído los sermones de Jesús sobre la montaña. El tumulto y los gritos no cesaban alrededor de la casa de Pilatos. Otros nuevos verdugos pegaron a Jesús con correas, que tenían en las puntas garfios de hierro, con los cuales le arrancaban la carne a tiras. ¡Ah! ¡Cómo describir este tremendo y doloroso espectáculo! Sin embargo, su rabia no estaba todavía satisfecha; desataron a Jesús, y atáronle de nuevo de espaldas a la columna. No pudiendo sostenerse, le pasaron cuerdas sobre el pecho, debajo de los brazos y por bajo de las rodillas, anudándole las manos detrás de aquel potro de martirio. Entonces cayeron sobre El. Uno de ellos le pegaba en el rostro con saña indecible, con una vara nueva. El cuerpo del Salvador era todo una llaga. Miraba a sus verdugos con los ojos llenos de sangre, y parecía que les pedía misericordia; pero redoblaban su ira, y los gemidos de Jesús eran cada vez más débiles.

La horrible flagelación había durado tres cuartos de hora, cuando un extranjero de clase inferior, pariente del ciego Ctesifón, curado por Jesús, se precipitó sobre la columna con un hierro que tenía la figura de una cuchilla, gritando, loco de indignación: "¡Basta! No peguéis a ese inocente hasta hacerle morir". Los verdugos, hartos, se pararon sorprendidos; cortó rápidamente las cuerdas atadas detrás de la columna, y fue a perderse entre la multitud. Jesús cayó casi sin sentido al pie de la columna, sobre un charco de sangre. Los verdugos le dejaron, y fuéronse a beber, llamando a los criados que estaban en el cuerpo de guardia tejiendo la corona de espinas. Mientras Jesús estaba caído al pie de la columna, vi a algunas mujeres públicas, con cínico descaro, acercarse a Jesús agarradas por las manos. Se pararon un instante mirándole con desprecio. En este momento el dolor de sus heridas se redobló, y alzo hacia ellas la faz ensangrentada. Se alejaron entonces, y los soldados les dijeron palabras desvergonzadas.

Durante la flagelante, vi muchas veces ángeles llorando alrededor de Jesús, y oí su oración por nuestros pecados, que subía constantemente hacia su Padre, en medio de los golpes que daban sobre Él. Cuando estaba tendido al pie de la columna, vi a un ángel presentarle una cosa luminosa que le dio fuerzas. Los soldados volvieron, y le pegaron patadas y palos, diciéndole que se levantara. Habiéndole puesto en pie, no le dieron tiempo para cubrir sus carnes; echaron sus ropas sobre los hombros, y con ellas limpióse la sangre que le inundaba el rostro. Le condujeron al sitio adonde estaban sentados los príncipes de los sacerdotes, que gritaron: "¡Que muera! ¡Que muera!" y volvían la cara con repugnancia. Después lo condujeron al patio interior del cuerpo de guardia, donde no había soldados, sino esclavos, alguaciles y chusma; en fin, la hez del pueblo. Como la ciudad andaba revuelta y en extremo agitada, Pilatos mandó venir un refuerzo de la guarnición romana de la ciudadela Antonia. Esta tropa, puesta en buen orden, rodeaba el cuerpo de guardia. Podían hablar, reír y burlarse de Jesús, pero les estaba prohibido salirse de sus fi las. Pilatos quería contener así al pueblo.

Había mil hombres. XXXIII María durante la flagelación de Jesús Vi a la Virgen Santísima en éxtasis continuo mientras la flagelación de nuestro divino Redentor. Ella vio y sufrió con amor y dolor indecibles todo lo que sufría su Hijo. Muchas veces salían de su boca leves quejidos, y sus ojos estaban bandos en lágrimas. Cúbrela un velo y vésela tendida en los brazos de María de Helí, su hermana mayor, que era ya vieja, y se parecía mucho a Ana, su madre. María de Cleofás, hija de María(*) de Helí, estaba también con Ella. Las amigas de María y de Jesús, trémulas de dolor y de espanto, rodean a la Virgen y lloran como si esperasen su sentencia de muerte. María lleva un vestido largo, azul, y por encima una capa de lana blanca, con velo blanco también, casi amarillo. Magdalena yace pálida y agobiada de pena: los cabellos asoman en desorden debajo del manto. Cuando Jesús, después de la flagelación, cayó al pie de la columna, vi a Claudia Procla, mujer de Pilatos, enviar a la Madre de Dios grandes piezas de tela. No sé si creía que Jesús seria libertado, y que su Madre necesitaría esa tela para aplicarla a sus llagas, o si esa pagana compasiva sabia a qué uso la Virgen Santísima destinaría su regalo.

Habiendo vuelto en sí, María vio a su Hijo, todo despedazado, conducido por los soldados; Jesús se limpió los ojos, llenos de sangre, para mirar a su Madre. Ella extendió las manos hacia El, y siguió con los suyos las huellas ensangrentadas de sus pies. Habiéndose apartado el pueblo, María y Magdalena se aproximaron al sitio en donde Jesús fuera azotado; escondidas por las otras santas mujeres y otras personas bien intencionadas que las cercan, se bajan al suelo, junto a la columna, y limpian por todas partes la sangre sagrada de Jesús con el lienzo que Claudia Procla había mandado. Juan no estaba entonces con las santas mujeres, que eran veinte. El hijo de Simeón, el de Verónica, el de Obed, Aram y Temni, sobrinos de José de Arimatea, estaban ocupados en el templo, llenos de tristeza y de angustia. Eran las nueve de la mañana cuando se acabó la flagelación. ( *) Cítase con frecuencia a María de Helí en esta historia. Según las visiones de la monja sobre la sagrada Familia, aquella, era hija de Joaquín y de Ana: nació unos veinte años antes que la Virgen. No era la hija de la promesa, y se distingue de las otras Marías con el nombre de María de Helí, porque era hija de Joaquín o Heliaquim. Su marido se llamaba Cleofás y su hija María de Cleofás. Esta última, sobrina de la Virgen, tenía más edad que ella. Su primer marido se llamaba Alfeo: los hijos que habfa tenido de él eran los apóstoles Simón, Santiago el Menos y Judas Tadeo. Habfa tenido de Sabas, su segundo marido, a José Barsabás; y de Jonás, su tercer marido, a Simón que fue Obispo de Jerusalén.

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