.

Ora todos los días muchas veces: "Jesús, María, os amo, salvad las almas".

El Corazón de Jesús se encuentra hoy Locamente Enamorado de vosotros en el Sagrario. ¡Y quiero correspondencia! (Anda, Vayamos prontamente al Sagrario que nos está llamando el mismo Dios).

ESTEMOS SIEMPRE A FAVOR DE NUESTRO PAPA FRANCISCO, ÉL PERTENECE A LA IGLESIA DE CRISTO, LO GUÍA EL ESPÍRITU SANTO.

Las cinco piedritas (son las cinco que se enseñan en los grupos de oración de Medjugorje y en la devoción a la Virgen de la Paz) son:

1- Orar con el corazón el Santo Rosario
2- La Eucaristía diaria
3- La confesión
4- Ayuno
5- Leer la Biblia.

REZA EL ROSARIO, Y EL MAL NO TE ALCANZARÁ...
"Hija, el rezo del Santo Rosario es el rezo preferido por Mí.
Es el arma que aleja al maligno. Es el arma que la Madre da a los hijos, para que se defiendan del mal."

-PADRE PÍO-

Madre querida acógeme en tu regazo, cúbreme con tu manto protector y con ese dulce cariño que nos tienes a tus hijos aleja de mí las trampas del enemigo, e intercede intensamente para impedir que sus astucias me hagan caer. A Ti me confío y en tu intercesión espero. Amén

Oración por los cristianos perseguidos

Padre nuestro, Padre misericordioso y lleno de amor, mira a tus hijos e hijas que a causa de la fe en tu Santo Nombre sufren persecución y discriminación en Irak, Siria, Kenia, Nigeria y tantos lugares del mundo.

Que tu Santo Espíritu les colme con su fuerza en los momentos más difíciles de perseverar en la fe.Que les haga capaces de perdonar a los que les oprimen.Que les llene de esperanza para que puedan vivir su fe con alegría y libertad. Que María, Auxiliadora y Reina de la Paz interceda por ellos y les guie por el camino de santidad.

Padre Celestial, que el ejemplo de nuestros hermanos perseguidos aumente nuestro compromiso cristiano, que nos haga más fervorosos y agradecidos por el don de la fe. Abre, Señor, nuestros corazones para que con generosidad sepamos llevarles el apoyo y mostrarles nuestra solidaridad. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

domingo, 16 de diciembre de 2012

EL EVANGELIO COMO ME HA SIDO REVELADO (MARIA VALTORTA) XII


297.  Con el sermón de Aera termina el segundo gran viaje apostólico.
7 de octubre de 1945.

1Jesús está hablando en la plaza principal de Aera:
«...Y no os estoy expresando, como he hecho en otros lugares, las primeras e indispensables cosas que hay que saber y hacer para salvarse. Ya las sabéis, y muy bien, por obra de Timoneo, sabio arquisinagogo de la Ley antigua, sapientísimo ahora al renovarla con la luz de la Ley nueva. Lo que quiero es poneros en guardia contra un peligro que en el estado de espíritu en que os encontráis no podéis ver. Es el peligro de presiones o malignas acusaciones que os desvíen, con la intención de separaros de esta fe que ahora tenéis en mí. Os voy a dejar a Timoneo durante un tiempo. Con otros, os explicará las palabras del Libro a la luz nueva de mi Verdad, que él ha abrazado. Pero antes de dejaros, habiendo escrutado vuestros corazones, habiéndolos visto sinceramente amantes, voluntariosos y humildes, quiero comentar con vosotros un punto del cuarto Libro de los Reyes*.
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* un punto del cuarto libro de los Reyes, que corresponde, en la nueva nomenclatura bíblica a 2 R 18, 17‑36.
2Cuando Ezequías, rey de Judá, sufrió el asalto de Senaquerib, fueron a él los tres altos personajes del rey enemigo para aterrorizarle con temores de quiebra de alianzas, de potencias que ya le circundaban. A las palabras de los poderosos enviados, respondieron Elyaquim, Sebná y Yoaj: "Habla de forma que el pueblo no comprenda" (para que el pueblo aterrorizado no invocara la paz). Pero esto es lo que querían los mensajeros de Senaquerib, así que dijeron con fuerte voz y en perfecto hebreo: "Que no os seduzca Ezequías... Concertad con nosotros lo que os conviene y rendíos, y todos podrán comer de su vid y de su higuera, y podréis beber el agua de vuestras cisternas, hasta cuando vengamos a llevaros a una tierra como la vuestra, fecunda, rica en vino, una tierra abundante de pan y uvas, tierra de aceitunas, aceite y miel; así viviréis y no moriréis...". Y está escrito que el pueblo no respondió porque había recibido la orden del rey de no responder.
Ved. Yo también, por compasión de vuestras almas asediadas por fuerzas más feroces aún que las de Senaquerib, que podía dañar los cuerpos mas no lesionar los espíritus ‑ mientras que la guerra que os plantea el ejército enemigo capitaneado por el más fiero y cruel déspota que hay en la creación es contra vuestros espíritus ‑, Yo también he rogado a sus mensajeros, a esos mensajeros suyos que, para perjudicarme a mí en vosotros, tratan de aterrorizarnos a mi y a vosotros con amenazas de tremendos castigos, los he suplicado diciendo: "Habladme a mí, pero dejad en paz a las almas que nacen ahora a la Luz. Meteos conmigo, torturadme a mí, acusadme a mí, matadme a mí, pero no os ensañéis con estos pequeñuelos de la Luz. Son débiles todavía. Un día serán fuertes, pero ahora son débiles. No arremetáis contra ellos. No arremetáis contra la libertad que tienen los espíritus de elegir un camino. No arremetáis contra el derecho que Dios tiene a llamar a sí a estos que le buscan con sencillez y amor".
¿Pero puede, acaso, uno que odia ceder a las súplicas de la persona odiada? ¿Puede, acaso, uno que es víctima del odio conocer el amor? No puede. De aquí que, con mayor dureza aún, y cada vez con mayor dureza, vendrán a deciros: "Que no os seduzca el Cristo. Venid con nosotros y tendréis todos los bienes". Y os dirán: "Ay de vosotros si le seguís! ¡Seréis perseguidos!". Y os urgirán con ficticia bondad: "Salvad vuestras almas. Es un Satanás". Muchas cosas os dirán de mí, muchas, para persuadiros a abandonar la Luz.
Yo os digo: "A los tentadores responded con el silencio". Después, cuando descienda la Fuerza del Señor a los corazones de los fieles de Jesucristo, Mesías y Salvador, entonces podréis hablar, porque no seréis vosotros, sino el mismo Espíritu de Dios, el que hablará en vuestros labios, y vuestros espíritus serán adultos en la Gracia, fuertes e invencibles en la Fe.
Sed perseverantes. Sólo os pido esto. Recordad que Dios no puede ceder a los sortilegios de un enemigo suyo. Que sean vuestros enfermos, aquellos que han recibido confortación y paz en su espíritu, los que hablen siempre entre vosotros, con su sola presencia, de quién es el que vino a vosotros para deciros: "Perseverad en mi amor y en mi doctrina y tendréis el Reino de los Cielos". Mis obras hablan más aún que mis palabras, y, a pesar de que saber creer sin necesidad de pruebas sea perfecta bienaventuranza, os he permitido ver los prodigios de Dios para el fortalecimiento de vuestra fe.
Responded a vuestro cerebro, tentado por los enemigos de la Luz, con las palabras de vuestro espíritu: "Creo porque he visto a Dios en sus obras". Responded al enemigo con el silencio activo y diligente. Y con estas dos respuestas caminad en la Luz. La paz sea siempre con vosotros».
Y los despide. Luego se encamina afuera de la plaza.
3«¿Por qué les has hablado tan poco, Señor? Timoneo quizás se ha quedado desilusionado» dice Natanael.
«No se sentirá desilusionado porque es un justo y comprende que advertir a uno de un peligro es amarlo con amor más intenso. Este peligro está muy presente».
«Como siempre, los fariseos, ¿no?» pregunta Mateo.
«Ellos y otros».
«¿Estás apesadumbrado, Señor?» pregunta afligido Juan.
«No. No más que de costumbre...».
«Sin embargo, estabas más alegre estos días pasados...».
«Será tristeza por no tener ya consigo a los discípulos. Pero, ¿y por qué los has despedido? ¿Es que quieres seguir el viaje?» pregunta el Iscariote.
«No. Éste es el último lugar. De aquí se va a casa. Pero las mujeres no podían continuar con estas condiciones climáticas. Han hecho mucho. No deben hacer más».
«¿Y Juan?».
«Enfermo. En una casa amiga como estuviste tú».
4Luego Jesús se despide de Timoneo y de otros discípulos que se quedan en la comarca, a los cuales se ve que les ha dado órdenes para el futuro pues no insiste en más consejos.
Están en la puerta de la casa de Timoneo, porque Jesús ha querido bendecir una vez más a la dueña de la casa. La gente, respetuosa, le observa, y le sigue cuando reanuda el camino en dirección al arrabal, a las huertas, a la campiña. Los más tenaces le siguen todavía un poco más, en un grupo cada vez más reducido, hasta sólo nueve, luego cinco, luego tres, luego uno... Este uno también se vuelve para Aera, mientras Jesús toma la dirección de occidente, sólo con los doce apóstoles, pues también Hermasteo se ha quedado, con Timoneo.

5Jesús dice:
«El viaje, el segundo gran viaje apostólico, está cumplido. Ahora es el regreso a los conocidos campos de Galilea.
¡Pobre María! Estás más agotada que Juan de Endor. Te autorizo a omitir las descripciones de los lugares. Ya hemos dado mucho a los investigadores curiosos. Y serán siempre "investigadores curiosos". Nada más. Ya basta. Las fuerzas se desvanecen. Consérvalas para la palabra. Con el mismo sentimiento con que constataba la inutilidad de muchas de mis fatigas, constato la inutilidad de muchas de tus fatigas. Por eso te digo: "resérvate sólo para la palabra".
Eres el "portavoz". ¡Oh, verdaderamente contigo se repite el dicho: "Hemos tocado música y no habéis cantado, hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado". Te has limitado a repetir mis palabras, sólo ellas, y los doctores difíciles han fruncido el ceño, has unido a mis palabras tus descripciones y encuentran cosas que censurar. Ahora encontrarán todavía algo que criticar. Y tú estás agotada. Te diré cuándo habrás de describir el viaje. Solamente Yo.
Dentro de nada hará un año que te he herido. Pero, ¿quieres, antes de que se cumpla el año, descansar de nuevo sobre mi corazón? Ven, pues, pequeña mártir...».



298.     La ayuda prestada a los huerfanitos María y Matías y las enseñanzas  que de ella se deducen.
8 de octubre de 1945.

1Vuelvo a ver el lago de Merón en un lúgubre día de agua... Fango y nubes. Silencio y calígine. El horizonte desaparece entre las brumas. La cadena del Hermón está sepultada bajo la espesa capa de nubes bajas. Pero desde este lugar ‑ una llanura alta, situada cerca del pequeño lago todo oscuro y amarillento por el fango de mil riachuelos crecidos y el cielo de noviembre lleno de nubes ‑ se ve bien este pequeño lago alimentado por el Alto Jordán, que de él sale luego para ir a alimentar al otro lago, más grande, de Genesaret.
Cae la tarde, cada vez más triste y amenazadora de lluvia, cuando Jesús toma el camino que corta el Jordán después del lago de Merón. Entra luego por una vereda que lleva a una casa...
(Jesús dice: «Aquí colocaréis la visión de Matías y María, huérfanos, tenida el 20 de agosto de 1944».)

20 de agosto de 1944.
2Otra dulce visión de Jesús y dos niños.
Digo esto porque veo que Jesús, al pasar por una vereda abierta entre campos ‑ que deben haber recibido la simiente poco antes porque la tierra está todavía mullida y obscura como cuando ha sido sembrada recientemente ‑, se detiene a acariciar a dos pequeñuelos: un niño de no más de cuatro años y una niña que tendrá unos ocho o nueve. Deben ser niños muy pobres a juzgar por sus míseros vestiditos descoloridos y rotos y su carita triste y flaca.
Jesús no les pregunta nada. Se limita a mirarlos fijamente mientras los acaricia. Luego reanuda ligero su paso, hacia una casa que está en el fondo de la vereda. Es una casa labriega pero de buen aspecto, con una escalera exterior que sube del suelo a la terraza, en que hay un emparrado, ahora desnudo de racimos y hojas: solamente queda alguna que otra última hoja ya amarilla, que pende y se mueve con el viento húmedo de un desagradable día de otoño. En el murete de la casa unas palomas zurean esperando el agua que el cielo gris y todo nublado promete.
Jesús, seguido por los suyos, empuja la tosca cancela de la albarrada que rodea la casa; entra en un patio ‑ nosotros diríamos una era ‑, con su pozo y, en un ángulo, también un horno (supongo que sea eso aquel tabuco de paredes más oscuras por el humo que incluso ahora sale y que el viento empuja hacia la tierra).
Al oír el rumor de los pasos, una mujer se asoma a la puerta de este cuartucho. Al ver a Jesús, le saluda con alegría y corre a avisar a la casa.
Un hombre más bien anciano, y grueso, sale a la puerta de la casa y va en seguida hacia Jesús. «¡Qué gran honor verte, Maestro!» le saluda.
Jesús responde con su saludo: «La paz sea contigo» y añade: «Está anocheciendo y la lluvia se acerca. Vengo a pedirte alojamiento y un pan para mí y mis discípulos».
«Entra, Maestro. Mi casa es tuya. La doméstica está para sacar el pan del horno. Con mucho gusto te lo ofrezco, con el queso de mis ovejas y los productos de mis campos. Entra, entra, que el viento es húmedo y frío...» y, solícito, sujeta la puerta y hace una reverencia cuando pasa Jesús. 3Pero inmediatamente cambia de tono dirigiéndose a alguien que ha visto, y dice airado: «¿Todavía estás aquí? ¡Vete! ¡No hay nada para ti! ¡Vete! ¡Entendido? Aquí no hay sitio para los vagabundos...» y farfulla entre dientes: «...y quizás rateros como tú».
Una vocecita llorosa responde: «Piedad, señor. Al menos un pan para mi hermanito. Tenemos hambre...».
Jesús, que había entrado en la vasta cocina, alegrada e iluminada con un vivo fuego, sale a la puerta. Su rostro es ya distinto. Severo y triste, pregunta, no al huésped sino en general ‑ parece como si se lo preguntara a la era silenciosa, a la desnuda higuera, al oscuro pozo ‑: «¿Quién tiene hambre?».
«Yo, Señor. Yo y mi hermano. Sólo un pan y nos vamos».
Jesús está ya afuera, en el ambiente cada vez más lúgubre por el crepúsculo y la lluvia inminente. «Pasa» dice.
«¡Tengo miedo, Señor!».
«Ven, te digo. No tengas miedo de mí».
De detrás de una arista de la casa sale la pobre niña. De la mísera tuniquita viene agarrado su hermanito. Se acercan temerosamente: una mirada tímida a Jesús; una de susto al dueño de la casa, que pone ojos amenazadores mientras dice: «Son vagabundos, Maestro. Y ladrones. Hace poco he encontrado a ésta fisgando cerca de la almazara. Está claro que quería entrar a robar, ¡A saber de dónde vendrán! No son del lugar».
Jesús le escucha... digamos que le escucha. Mira muy fijamente a la niña de carita demacrada, de trenzas despeinadas (dos coletitas a los lados de ambas orejas, atadas al extremo con una cintita de trapo viejo). El rostro de Jesús no es severo mientras mira a la pobrecita; está triste, pero sonríe para animar a la niña: «¿Es verdad que querías robar? Di la verdad».
«No, Señor. Había pedido un poco de pan, porque tengo hambre. No me lo han dado. He visto una corteza de pan untada, allí, en el suelo, cerca del molino del aceite, y había ido a recogerla. Tengo hambre, Señor. Ayer he conseguido sólo un pan, pero lo guardé para Matías... ¿Por qué no nos han metido en la tumba con nuestra mamá?». La niña llora desconsoladamente, y su hermanito también.
«No llores». Jesús la consuela acariciándola y arrimándola a su pecho. «Responde: ¿de dónde eres?».
«De la llanura de Esdrelón».
«¿Y has venido hasta aquí?».
«Sí, Señor».
«¿Hace mucho que ha muerto tu madre? ¿No tienes padre?».
«Mi padre murió por el sol en el tiempo de la cosecha; mi mamá, la pasada luna... ella y el niño que iba a nacer murieron...» y el llanto aumenta.
«¿No tienes ningún pariente?».
«¡Venimos de muy lejos! No éramos pobres... Luego mi padre tuvo que ponerse al servicio de un patrón. Ahora ha muerto y mi mamá con él».
«¿Quién era el patrón?».
«El fariseo Ismael».
«¡El fariseo Ismael!... (es intraducible el modo como Jesús repite este nombre). ¿Saliste de allí por propia voluntad o te echó él?».
«Me echó, Señor. Dijo: "Los perros hambrientos a la calle"».
4«Y tú, Jacob, ¿por qué no has dado un pan a estos niños; un pan, un poco de leche y un manojo de heno como cama para su cansancio?...».
«Pero... Señor ... tengo justo el pan que necesito... poca leche... y meterlos en casa... Éstos son como animales vagabundos. Si se les pone buena cara luego ya no se marchan...».
«¿Y te falta sitio y alimento para estos dos infelices? ¿Lo puedes decir con verdad, Jacob? La cosecha abundante, la abundancia de vino, de aceite, de fruta, que han hecho famosa tu propiedad este año, ¿por qué te han venido? ¿No te habrás olvidado ya, no? El año pasado, el granizo había depauperado tus bienes. Estabas preocupado por tu vida... Vine* y te pedí un pan... Tú me habías oído hablar un día y me fuiste fiel... En medio de tu aflicción me abriste tu corazón y tu casa. Me diste un pan y me alojaste. ¿Qué te dije al salir a la mañana siguiente? "Jacob, has comprendido la Verdad. Sé siempre misericordioso y obtendrás misericordia. Por el pan que has dado al Hijo del hombre, estos  campos  te  darán
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* Vine… : en el capítulo 110.
muchos cereales; llenos de aceitunas, como si soportaran los granos de la arena marina, estarán tus olivos; tus manzanos, plegados hasta el suelo por su peso". Lo has tenido, y eres el más rico de la comarca este año. ¡Y niegas un pan a dos niños!...».
«Pero tú eras el Rabí...».
«Precisamente porque lo era podía hacer de las piedras pan; éstos, no. Ahora te digo: verás un nuevo milagro y te producirá aflicción, gran aflicción... Cuando llegue ese momento, dándote golpes de pecho, di: "Me lo he merecido"».
5Jesús se vuelve a los niños: «No lloréis. Id a ese árbol y coged los frutos».
«Pero si está vacío, Señor» objeta la niña.
«Ve».
La niña va, y vuelve con el vestidito alzado lleno de manzanas ro­jas y hermosas.
«Comed y venid conmigo» y a los apóstoles: «Vamos a llevar a es­tos dos pequeñuelos a Juana de Cusa. Ella sabe recordar los benefi­cios recibidos y es compasiva por amor a quien usó con ella miseri­cordia. Vamos».
El hombre, confundido y apesadumbrado, trata de arreglar las cosas: «Es de noche, Maestro. Te puede venir el agua por el camino. Entra en mi casa. Mira, la doméstica va a sacar ya el pan del hor­no... Te doy también para ellos».
«No hace falta. No sería por amor, lo darías por miedo al castigo prometido».
«¿Entonces no es éste ‑ y señala a las manzanas que los dos niños hambrientos se están comiendo con avidez, cogidas del árbol antes vacío ‑, no es éste, entonces, el milagro?».
«No». Jesús se muestra severísimo.
«¡Oh, Señor, Señor, ten piedad de mí! ¡Entiendo! ¡Tienes intención de castigarme en las mieses! ¡Piedad, Señor!».
«No todos los que me dicen "Señor" me tendrán, porque el amor y el respeto no se testifican con la palabra sino con obras. Tendrás la piedad que tú has tenido».
«Yo te amo, Señor».
«No es verdad. Me ama quien ama, porque esto es lo que he enseñado. Tú sólo te amas a ti mismo. Cuando me ames como enseño, el Señor volverá. 6Ahora me marcho. Mi techo es hacer el bien, consolar a los afligidos, enjugar las lágrimas de los huérfanos. Como la gallina extiende sus alas sobre los pollitos indefensos, así extiendo mi poder sobre los que sufren y viven en el dolor. Venid, niños. Pronto tendréis casa y pan. Adiós, Jacob».
Y, no contento con marcharse, indica que cojan en brazos a la niña fatigada (Andrés la toma y la arropa en su manto), y Él toma al niño; y se echan a andar, por la vereda ya oscura, con su carga de piedad que ya no llora.
Pedro dice: «¡Maestro! ¡Qué gran suerte para éstos el que hayas llegado en este momento! ¡Pero para Jacob!... ¿Qué vas a hacer, Maestro?».
«Justicia. No llegará a conocer el hambre, porque tiene todavía muy llenos los graneros, pero sí que conocerá la estrechez, porque el trigo sembrado no podrucirá grano, y los olivos y manzanos solamente hojas. Estos inocentes, no de mí, sino del Padre, han recibido pan y casa; porque mi Padre es también Padre de los huérfanos; sí, Él, que da el nido y el alimento a los pájaros de los bosques. Éstos pueden decir, y con ellos todos los desvalidos, los desvalidos que saben permanecer "hijos inocentes y amorosos", que en sus pequeñas manos Dios ha depositado el alimento y que, con paterna guía, los conduce a casa hospitalaria».
La visión cesa así, y me deja una gran paz.

7Dice Jesús:
«Ésta es para ti, para ti, alma que lloras mirando las cruces del pasado y, las dificultades del futuro. El Padre tendrá siempre un pan para tu mano, un nido para recoger a su tórtola que llora.
Para todos es la enseñanza de que sé ser el "Señor" con justicia. A mí no se me engaña, ni se me adula con falaz obsequio. Quien cierra su corazón a su hermano lo cierra a Dios, y Dios a Él.
¡Oh, hombres, es el primer mandamiento: Amor y amor. El que no ama, y se profesa cristiano, miente. Es inútil frecuentar los sacramentos y los ritos, inútil la oración, si falta la caridad. Quedan convertidos en fórmulas, e incluso en sacrilegios. ¿Cómo podéis venir al Pan eterno y saciaros con Él, cuando habéis negado un pan a un hambriento? ¿Vale más, acaso, vuestro pan que el mío? ¿Es más santo? ¡Hipócritas! Yo me doy a vuestra miseria sin medida, y vosotros, que sois miseria, no tenéis piedad de miserias que ante los ojos de Dios no son odiosas como lo son las vuestras: porque aquellas son desventuras, mientras que las vuestras son pecado. Demasiadas veces me decís: "Señor, Señor" para ganar mi benignidad para vuestros intereses. Mas no lo decís por amor al prójimo y no hacéis nada por el prójimo en nombre del Señor. Mirad: colectiva e individualmente, ¿qué os ha dado vuestra falaz religión y auténtica anticaridad? El abandono de Dios. Y el Señor volverá cuando sepáis amar como Yo he enseñado.
Pero, a vosotros, pequeño rebaño formado por los que sufren siendo buenos, os digo: "Nunca estáis huérfanos, nunca abandonados. No existiría Dios, antes que faltarles la Providencia a sus hijos. Tended la mano: el Padre os da todo como 'padre', o sea, con amor que no humilla. Enjugad vuestras lágrimas. Yo os tomo y os llevo conmigo porque siento piedad de vuestro abatimiento".
La criatura más amada es el hombre. ¿Vais a poner en duda que el Padre se mostrará más compasivo con el hombre fiel que con los pájaros?, ¿con el hombre fiel, Él, que es longánime incluso con el pecador, y le da tiempo y manera de ir a Él? ¡Ah, si el mundo comprendiera lo que es Dios!
Ve en paz, María. Te quiero como a los dos huerfanitos que has visto, y más incluso. Ve en paz. Estoy contigo».
21 de agosto de 1944.
8Dice María:
«María, habla Mamá. Mi Jesús ha hablado de la infancia del espíritu*, requisito necesario para conquistar el Reino. Ayer te mostré una página de su vida de Maestro. Has visto ayer a unos niños, a unos pobres niños. ¿No habría nada que añadir? Sí, y lo añado yo. A ti, que quiero que seas cada vez más amada de Jesús. Es un detalle en el cuadro que ha hablado a tu espíritu para el espíritu de muchos. Pero son los detalles los que hacen hermoso el cuadro, los que revelan la capacidad del pintor y la sabiduría del observador. Quiero que observes la humildad de mi Jesús.
Aquella pobre niña, en su ignorante simplicidad, no trata de forma distinta al pecador de corazón de piedra y a mi Hijo. No sabe ni de "Rabí" ni de "Mesías". Siendo poco menos que una pequeña salvaje, que ha vivido en los campos, en una casa donde se despreciaba al Maestro ‑ porque el fariseo Ismael despreciaba a mi Jesús ‑, no había oído jamás hablar de Él, no le había visto.
Su padre y su madre, quebrantados por el trabajo insoportable que el cruel patrón exigía, no tuvieron tiempo ni modo de levantar la cabeza de la gleba que roturaban. Habrían oído, quizás, mientras segaban el heno o las mieses, mientras recogían la fruta o los racimos, mientras trituraban la aceituna en la dura muela, un clamor de ¡hosanna! Habrían, incluso, alzado un momento su cansada cabeza. Mas el miedo y el cansancio habrían vencido en seguida esas cabezas bajo su yugo. Y murieron pensando que el mundo era sólo odio y dolor; en cambio, el mundo, desde que le pisaban los santísimos pies de mi Jesús, era amor y bien. Siendo sólo los pobres siervos de un despiadado patrón, murieron sin cruzarse siquiera una vez con la mirada y la sonrisa de mi Jesús; sin haber oído su palabra, que daba una riqueza al espíritu por la que los indigentes se sentían ricos, los hambrientos hartos, los enfermos sanos, consolados los que sufrían.
Pues bien, Jesús no dice: "Yo, que soy el Señor, te digo: haz esto". Conserva su anonimato. Y la pequeñuela, tan simple que no comprendió ni siquiera al ver el milagro de un manzano, desnudo incluso de hojas, que carga una rama suya de manzanas para saciar su hambre, le sigue llamando "Señor", como llamaba a su patrón Ismael y al cruel Jacob. Se siente atraída hacia este Señor bueno porque la bondad siempre atrae. Pero nada más. Le sigue con confianza. Le ama inmediatamente, instintivamente, esta pobre criaturita sola en el mundo, ignorada voluntariamente por el mundo, por ese "mundo importante de los poderosos y de los que gozan de la vida" que quiere mantener en la sombra a los inferiores para poderlos torturar más a gusto y explotar más acerbamente.
9Más adelante sabrá quién era aquel "Señor" que ‑ pobre como ella, sin casa ni alimento, sin madre porque todo lo había dejado por amor al hombre (también a esa pizquita de ser humano que era  ella, pobre  criaturita  niña) ‑ le  había  dado
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* Jesús ha hablado de la infancia del espíritu en un "dictado" del mismo día, recogido en el volumen ''I quaderni del 1944".
milagrosos frutos, queriéndole quitar de sus labios y su corazón el amargor de la maldad humana que crea el odio de los desvalidos contra los poderosos, con un fruto del Padre, no con un mendrugo de pan ofrecido tarde y que para ella habría tenido en todo caso sabor de dureza y llanto. ¡Ah, verdaderamente esas manzanas recordaban el pomo del Paraíso Terrenal! Fruto nacido en la rama para el Bien y para el Mal, determinaría redención de todas las miserias ‑ la primera la de la ignorancia de Dios ‑ para los dos huerfanitos; determinaría castigo para aquel que, conociendo ya la Palabra, había obrado como si no la conociera. Sabrá más adelante, de boca de la mujer buena que en nombre de Jesús la acogió, quién era Jesús: para ella Salvador repetidamente: del hambre, de la intemperie, de los peligros del mundo, del pecado original.
Pero, para ella, Jesús tuvo siempre la luz de aquel día, bajo esa luz le vio siempre: el Señor bueno con bondad de cuento infantil, el Señor que tenía caricias y dones, el Señor que le había hecho olvidar que no tenía ni padre ni madre, ni casa ni vestidos, porque había sido para ella bueno como su padre y dulce como su madre y había ofrecido un nido para el cansancio de los dos, su pecho y el de otros hombres buenos que estaban con Él, y abrigo para la desnudez de los dos, su manto y el de otros hombres buenos que con Él estaban. Una luz paterna y suave, que no se apagó con el flujo de las lágrimas, ni siquiera cuando supo que había muerto atormentado en una cruz; ni siquiera cuando, pequeña fiel de la primera Iglesia, vio el aspecto del rostro de su "Señor" con los golpes y las espinas y pensó cómo era Él ahora, en el Cielo, a la derecha del Padre. Una luz que le sonrió en su última hora de la tierra, y la condujo sin temor hacia su Salvador. Una luz que le sonrió una vez más con inefable dulzura en el fulgor del Paraíso.
10Jesús te mira a ti también así. Vele siempre como le veía tu lejana homónima y siéntete feliz de este amor suyo. Sé sencilla, humilde, fiel, como la pobre y pequeña María que has conocido. Ve adónde ha llegado, a pesar de que fuera una pobre ignorantilla de Israel: al corazón de Dios. El Amor se le reveló como se ha revelado a ti y se hizo docta con la verdadera Sabiduría.
Ten fe, vive en la paz. No existe miseria alguna que mi Hijo no pueda transformar en riqueza; no hay soledad alguna que no pueda colmar; como tampoco hay falta alguna que no pueda borrar. El pasado no existe, cuando el amor le anula. Ni siquiera un pasado horrendo. ¿Temerás si no temió Dimas el ladrón? Ama, ama y no tengas miedo de nada.
Mamá te deja con su bendición».

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